Segundas oportunidades · Ficción breve

La reclusa que arriesgó su libertad para salvar a una inocente tras las rejas

La reclusa que arriesgó su libertad para salvar a una inocente tras las rejas — Parte 2
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Anteriormente: En el implacable patio de una prisión española, Jésica se interpone entre una peligrosa agresora y su víctima, desatando una tormenta de secretos que cambiará su destino para siempre.

La conspiración de las sombras

La victoria en el patio fue efímera. Esa misma noche, el eco de unos pasos pesados despertó a Jésica de su frágil sueño. La puerta de su celda se abrió para revelar al inspector Bermúdez, el jefe de seguridad del penal, cuya reputación de hombre implacable era bien conocida por todas las reclusas. A su lado, con el rostro magullado pero una sonrisa de triunfo, se encontraba Carla.

Bermúdez arrojó un pequeño envoltorio de plástico sobre la litera de Jésica. Era una trampa evidente: sustancias prohibidas destinadas a arruinar cualquier posibilidad de obtener la libertad condicional que Jésica tanto anhelaba. El inspector se inclinó hacia ella, con una mirada cargada de malicia.

La reclusa que arriesgó su libertad para salvar a una inocente tras las rejas
«Sé que la chica nueva te entregó algo antes de que armaras el alboroto en el patio», siseó Bermúdez. «Entrégamelo ahora mismo o te aseguro que pasarás los próximos quince años de tu vida en una celda de aislamiento.»

Fue en ese instante cuando Jésica comprendió la magnitud de la situación. Carla no era simplemente una abusadora común; era el brazo ejecutor de una red de contrabando y extorsión liderada por las propias autoridades de la prisión. Lucía, por su parte, había descubierto pruebas incriminatorias y las había escondido en un microchip.

Con disimulo, Jésica palpó el dobladillo de su sudadera. Allí estaba el pequeño dispositivo que Lucía le había deslizado en el bolsillo durante el caos de la pelea. Jésica se encontraba en una encrucijada mortal. Si entregaba el chip, compraría su libertad inmediata, pero condenaría a Lucía y permitiría que la corrupción siguiera reinando. Si se negaba, Bermúdez destruiría su vida para siempre.

El inspector levantó el walkie-talkie para ordenar la requisa oficial que sellaría el destino de Jésica. El tiempo se agotaba y cada segundo pesaba como una losa de plomo.

El tiempo se agotaba y cada segundo pesaba como una losa de plomo.