La reclusa que arriesgó su libertad para salvar a una inocente del infierno
Anteriormente: Cuando Nerea ingresó en prisión, pensó que no sobreviviría a la primera noche. Pero una inesperada aliada decidió plantar cara a las abusadoras, cambiando su destino para siempre.
La venganza desde las sombras
La victoria en el comedor fue tan espectacular como peligrosa. Aunque el resto de las reclusas miraban ahora a Mónica con un respeto renovado, ambas sabían que la humillación de Carla no quedaría impune. La red de corrupción dentro de la prisión de Cruz del Sur se extendía mucho más allá de los pabellones; llegaba hasta el mismísimo despacho del director, don Aurelio, un hombre frío y calculador que obtenía sustanciosos beneficios de los negocios ilícitos que Carla controlaba en el penal.
A las pocas horas del incidente, cuando la prisión ya estaba sumida en el silencio de la medianoche, las luces de la celda de Mónica y Nerea se encendieron bruscamente. Tres guardias, con rostros inexpresivos y porras en mano, entraron sin miramientos. Sin dar explicaciones, las sacaron a empujones y las escoltaron por los laberánticos pasillos subterráneos hasta las salas de aislamiento, un lugar donde las cámaras de seguridad convenientemente nunca funcionaban.

Allí las esperaba don Aurelio, sentado tras un escritorio de madera, flanqueado por una Carla que lucía una aparatosa venda en la nariz y una mirada cargada de un odio visceral. El director arrojó un expediente sobre la mesa con desdén. Acusó formalmente a Mónica de liderar un motín organizado, un cargo sumamente grave que no solo anularía su inminente tercer grado, sino que justificaría su traslado inmediato a un penal de máxima seguridad a cientos de kilómetros de su familia.
«Tengo aquí un documento donde admites que atacaste a Carla sin provocación para robarle su mercancía», dijo el director con una sonrisa gélida. «Si firmas, tu amiga Nerea tendrá una estancia tranquila. Si no lo haces, Mónica, te aseguro que la joven no sobrevivirá a su próxima ducha».
El chantaje era despiadado. Mónica miró a Nerea, quien tiritaba de terror en una esquina de la habitación. Firmar aquella confesión falsa significaba autodestruirse y renunciar a la libertad que ya casi acariciaba con los dedos. Sin embargo, negarse implicaba dejar a la joven desprotegida ante un sistema corrupto que buscaba su cabeza. El bolígrafo temblaba en la mano de Mónica mientras la sombra de una injusticia monumental se cernía sobre ellas.
”El bolígrafo temblaba en la mano de Mónica mientras la sombra de una injusticia monumental se cernía sobre ellas.