Segundas oportunidades · Historia

La reclusa que defendió a una anciana sin saber su verdadera identidad

La reclusa que defendió a una anciana sin saber su verdadera identidad — Parte 2
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Anteriormente: Cuando Sara vio que la temible Begoña humillaba a Marta en los vestuarios de la prisión, no dudó en intervenir. Lo que no imaginaba era quién era realmente esa anciana indefensa.

La sombra de la venganza

La humillación de Begoña no iba a quedar impune. En el ecosistema carcelario, perder una pelea frente a una recién llegada equivalía a perder el respeto y el control del pabellón. Mientras Sara ayudaba a Marta a regresar a su celda, las miradas de advertencia de las demás reclusas lo decían todo: había firmado su propia sentencia.

—No debiste hacerlo, hija —le susurró Marta, con una mezcla de gratitud y profunda preocupación en sus ojos—. Begoña no se detendrá ante nada para recuperar su orgullo.

Sara, decidida a no mostrar temor, pasó las siguientes horas en un estado de alerta máxima. Sabía que la noche era el momento más peligroso. Efectivamente, a altas horas de la madrugada, cuando los pasillos estaban sumidos en el silencio, el sonido metálico de una cerradura rompió la calma de su celda. Dos sombras corpulentas, enviadas por Begoña, se deslizaron hacia el interior portando armas de fabricación casera.

La reclusa que defendió a una anciana sin saber su verdadera identidad

El pánico se apoderó de Sara al verse acorralada contra la litera de metal. Justo cuando las atacantes se preparaban para actuar, las luces del corredor se encendieron de golpe, cegándolas. La jefa de seguridad de la prisión apareció en el umbral, flanqueada por varios guardias de intervención. Sin embargo, lo que dejó sin aliento a Sara fue la figura que caminaba junto a la oficial.

Era Marta. Pero ya no vestía el desgastado uniforme de reclusa común, ni mantenía la postura encorvada de una anciana desamparada. Su mirada era fría, autoritaria y cargada de un poder que nadie en esa prisión se habría atrevido a desafiar.

—Llévenselas al módulo de aislamiento —ordenó Marta con una voz que no admitía réplica.

Los guardias obedecieron de inmediato, dejando a Sara a solas con la mujer que acababa de salvarle la vida por segunda vez.

Su mirada era fría, autoritaria y cargada de un poder que nadie en esa prisión se habría atrevido a desafiar.—Llévenselas al módulo de ai…