Segundas oportunidades · Historia

La reclusa que defendió a una inocente y desenterró un oscuro secreto familiar

La reclusa que defendió a una inocente y desenterró un oscuro secreto familiar — Parte 2
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Anteriormente: Cuando Cristina defendió a la frágil Sara del brutal ataque de Begoña en el patio de la prisión, no imaginaba que detrás de esa rivalidad se escondía una impactante verdad familiar.

Un secreto que une dos destinos

Llevé a Sara a los lavaderos, un lugar temporalmente apartado del bullicio del patio. Mientras limpiaba con agua fría las heridas de sus rodillas, noté que su temblor no era por el dolor físico, sino por un pánico profundo que parecía consumirle el alma. Intenté tranquilizarla, pero sus palabras me congelaron el corazón.

—No debiste meterte, Cristina. Ahora tú también estás en su lista. Begoña no me atacó por diversión, le pagan para hacerme daño —confesó Sara con voz quebrada.

Al interrogarla sobre quién querría verla muerta en una prisión estatal, Sara pronunció un nombre que desató una tormenta de recuerdos en mi mente: Mauricio Santana. Mauricio era el poderoso empresario que me había tendido una trampa corporativa, destruyendo mi reputación y enviándome a prisión por un fraude que él mismo había cometido.

La reclusa que defendió a una inocente y desenterró un oscuro secreto familiar

Resultaba que Sara era la hijastra de Mauricio y la única heredera de la fortuna de su difunta madre. Para apoderarse de todo el imperio, Mauricio la había incriminado con cargos falsos de posesión de sustancias. Al ver que Sara planeaba apelar la sentencia desde adentro, decidió que la única forma de asegurar su silencio era eliminándola de forma que pareciera un accidente carcelario.

La indignación y la sed de justicia se mezclaron en mi pecho. Éramos dos víctimas del mismo monstruo, atrapadas en el mismo infierno. Decidí que protegería a Sara a toda costa, pero el peligro era más inminente de lo que pensaba.

Esa misma noche, el silencio del pabellón fue interrumpido por el chasquido del sistema eléctrico. Todas las luces de las celdas se apagaron de golpe, sumiéndonos en una oscuridad absoluta. Escuché pasos metálicos acercándose a la celda de Sara. Cuando intenté salir para defenderla, una mano firme me sujetó en el umbral. Era la oficial Romero, una de las guardias más implacables.

—Si das un paso fuera de tu celda, Cristina, te acusaré de motín y pasarás el resto de tus días en aislamiento —susurró con una sonrisa fría que delataba su complicidad.

Era la oficial Romero, una de las guardias más implacables.—Si das un paso fuera de tu celda, Cristina, te acusaré de motín y pasarás el…