La reclusa que intentó destruirme en prisión no sabía quién era yo realmente
El infierno de hormigón y polvo
El penal de Cruz del Sur no se parecía en nada a la cómoda vida que Claudia había dejado atrás en el norte de Madrid. El calor del verano madrileño caía como una losa de plomo sobre el patio de ejercicios, un espacio yermo rodeado de altas vallas de tela metálica coronadas por espinos oxidados. Vestida con el tosco chándal gris reglamentario, Claudia intentaba mantener la mirada baja, pero en un lugar donde la debilidad se huele como la sangre en el agua, la discreción no era suficiente para protegerla.
Rosa la vio desde el primer instante. Con su complexión robusta y una mirada cargada de resentimiento acumulado durante años de condena, Rosa representaba todo lo que Claudia temía. No hubo advertencias. En mitad del patio polvoriento, Rosa se abalanzó sobre ella con la fuerza de un animal de presa. El impacto contra el suelo agrietado dejó a Claudia sin aire, mientras sus manos buscaban desesperadamente defenderse de los golpes desordenados de su agresora. Las demás reclusas jalearon el asalto, formando un muro humano que impedía cualquier auxilio.

La humillación no terminó allí. Horas más tarde, bajo el castigo de un sol de justicia, Claudia fue destinada a palear grava en la esquina más alejada del patio. El dolor de los músculos cansados nublaba sus sentidos, impidiéndole escuchar los pasos sigilosos que se aproximaban por detrás. Con un movimiento rápido y brutal, Rosa la agarró por el pelo y empujó su rostro directamente contra el montón de piedras afiladas.
—He oído que fuera eras alguien importante —susurró Rosa con una sonrisa cruel, inclinándose sobre ella mientras Claudia escupía sangre y polvo—. Aquí pareces una conejita asustada.
Pero cuando Rosa se apartó esperando ver lágrimas y súplicas, Claudia levantó la cabeza muy despacio. Sus ojos azules, antes apagados por la desesperación, ardían ahora con una determinación fría y peligrosa. No iba a dejarse destruir.
”Sus ojos azules, antes apagados por la desesperación, ardían ahora con una determinación fría y peligrosa. No iba a dejarse destruir.