La reclusa que me humilló en prisión no imaginaba quién sería yo al salir
El infierno de Soto del Real
El sol de justicia caía plomizo sobre el patio de la prisión de Soto del Real, levantando un vaho asfixiante del suelo de tierra y piedra. Para Sara, cada minuto en aquel lugar era una batalla por mantener la cordura. Llevaba apenas dos meses recluida por un delito financiero del que se declaraba inocente, pero en el microcosmos de la cárcel, las leyes del exterior no valían nada. Allí no importaban los títulos universitarios ni los modales refinados; solo imperaba la ley del más fuerte.
Y la más fuerte en ese sector era Begoña. Corpulenta, de mirada fría y cabello rubio sucio siempre recogido de mala manera, Begoña se había ensañado con ella desde el primer día. Ver a Sara con su uniforme deportivo limpio, intentando mantener la dignidad, encendía una furia irracional en la veterana reclusa.

Aquella tarde, el castigo asignado a Sara consistía en palear un enorme montón de grava destinado a las obras del ala norte. El cansancio extremo hacía que sus brazos temblaran con cada palada. De repente, sin previo aviso, un brutal impacto la golpeó por la espalda. Begoña la había embestido con saña, derribándola sobre el suelo polvoriento.
Sara intentó revolverse, forcejeando desesperadamente contra la masa muscular que la oprimía, pero fue inútil. Con una facilidad pasmosa, Begoña la arrastró y le hundió el rostro directamente en el montón de piedras afiladas. El dolor fue inmediato; el polvo y la sangre se mezclaron en sus mejillas mientras las risas burlonas de las aliadas de Begoña resonaban como eco en el patio.
—He oído que fuera eras alguien importante —susurró Begoña al oído de Sara, presionando aún más su rostro contra las piedras—. Aquí pareces una conejita asustada.
Cuando la soltó, Sara no estalló en llanto. Lentamente, levantó la cabeza. Su rostro estaba arañado y cubierto de tierra, pero sus ojos oscuros brillaban con una intensidad desconocida. No había miedo en su mirada, sino una promesa silenciosa de supervivencia.
”No había miedo en su mirada, sino una promesa silenciosa de supervivencia.