Traición · Ficción breve

La traición de Sofía destruyó la entrevista de Mateo, pero el final lo cambió todo

La traición de Sofía destruyó la entrevista de Mateo, pero el final lo cambió todo — Parte 2
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Anteriormente: Mateo descubre que su esposa saboteó su entrevista por dinero. La verdad oculta un plan más oscuro que pondrá a prueba su amor, su carrera y su familia.

El nombre que lo cambió todo

El reclutador me leyó el informe: alguien había enviado un correo anónimo a la empresa de San Diego acusándome de filtrar datos de mi trabajo actual a Westbridge Logistics. Adjuntaban capturas de pantalla que parecían mostrar transferencias de dinero a mi cuenta, pero yo nunca había recibido ese dinero. «Esto es una trampa», le dije, pero él respondió que necesitaban verificar todo antes de continuar con mi candidatura.

Colgué y miré a mi madre, que seguía sentada en la cocina, con los ojos llenos de lágrimas. «¿Qué sabes de todo esto?», le pregunté. Ella tardó un momento en responder. «Conozco a Vargas», confesó. «Es un hombre que trabaja para una empresa rival, la misma que intentó comprarte el año pasado. Me contactó hace meses, cuando me enteré de que tenía una deuda de cincuenta mil dólares con el banco, por el préstamo que pedí para pagar tu universidad».

La traición de Sofía destruyó la entrevista de Mateo, pero el final lo cambió todo

Me quedé sin palabras. ¿Mi madre tenía deudas por mi culpa? Ella asintió, con la voz quebrada. «Nunca te lo conté porque no quería que te sintieras culpable. Pero cuando Vargas me ofreció dinero a cambio de información sobre tus proyectos, acepté. Solo necesitaba pagar esa deuda, Mateo. No pensé que fuera a llegar tan lejos».

Entonces entendí la magnitud de la traición. Sofía no era la única: mi madre había sido parte de todo. Pero mientras la miraba, noté algo en sus ojos, un destello de determinación. «Escúchame bien», dijo. «Cuando me enteré de que Vargas quería arruinarte por completo, no solo robar tus ideas, decidí tenderle una trampa. Le envié información falsa sobre un proyecto que no existe, con la esperanza de que cometiera un error y pudiéramos delatarlo».

Me mostró su teléfono: tenía grabaciones de sus llamadas con Vargas, donde él le decía que necesitaba destruir mi reputación para que nunca más pudiera trabajar en mi sector. «La empresa rival quiere eliminarte porque eres demasiado bueno», dijo mi madre. «Y yo, en mi desesperación, casi los dejo ganar». Me abrazó, y por un momento, el dolor de la traición se mezcló con el alivio de saber que ella intentaba arreglar las cosas.

Pero no era suficiente. Sofía seguía en casa, y necesitaba enfrentarla con todo lo que sabía. Volví a la noche, con las grabaciones de mi madre y el informe del reclutador. Ella estaba en el sofá, viendo televisión, como si nada hubiera pasado. «¿Sabes quién es Vargas?», le pregunté directamente.

Ella palideció. «No... no sé de qué hablas», dijo. Le mostré las grabaciones, las fotos de mis documentos, el mensaje de los quinientos dólares. «Mintiste», le dije. «No solo me traicionaste, sino que pusiste en riesgo mi carrera, mi futuro, todo por un poco de dinero».

Sofía rompió a llorar y confesó que mi madre le había pedido ayuda. «Ella me dijo que necesitaba el dinero para una emergencia, y que si cancelabas la entrevista, podríamos convencerte de que te quedaras en la ciudad», dijo. «No sabía que Vargas era peligroso. Solo quería ayudar». Pero yo sabía que había una parte de ella que también temía que me fuera, que cambiara de vida y la dejara atrás. «No me habrías dejado, ¿verdad?», preguntó. No respondí.

Al día siguiente, decidí investigar a Vargas por mi cuenta. Usé una computadora en un café internet, para evitar rastreos. Busqué su nombre en registros públicos y encontré algo inquietante: Vargas no era su nombre real. Se llamaba Roberto Jiménez, y tenía antecedentes por fraude corporativo. Había sido despedido de varias empresas por robar información confidencial. Y lo más importante: trabajaba para la empresa de mi jefe actual, no para una rival.

Eso cambiaba todo. Mi propio jefe, el hombre que me había prometido un ascenso, estaba detrás de todo. Quería eliminarme porque sabía que si me iba a San Diego, me llevaría mis contactos y mis conocimientos a la competencia. Y había usado a mi madre y a mi esposa para lograrlo. Sentí una furia fría recorrer mi cuerpo. Pero también una determinación: no iba a dejar que nadie destruyera mi futuro, ni siquiera mi jefe.

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Pero también una determinación: no iba a dejar que nadie destruyera mi futuro, ni siquiera mi jefe.