Traición · Historia

La traición en el abismo que casi le cuesta la vida a una madre

La traición en el abismo que casi le cuesta la vida a una madre — Parte 1
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El abismo de la codicia

El sol de la tarde caía implacable sobre el borde erosionado del cañón de las Bardenas Reales, tiñendo las rocas arcillosas de un color rojo casi sangriento. El viento soplaba con fuerza, arrastrando ráfagas de polvo seco que se perdían en la inmensidad del vacío. Allí, al límite absoluto de un abismo de más de cien metros de caída libre hacia el río turbulento, se encontraba Margarita. A sus setenta y cuatro años, vestida con un delicado vestido de seda rosa pálido que contrastaba dolorosamente con la hostilidad del paisaje, la anciana se aferraba con desesperación a los reposabrazos de su silla de ruedas.

Detrás de ella, sosteniendo las manijas metálicas con una frialdad aterradora, estaba su hijo Arturo. A sus cuarenta y ocho años, vestido con una pesada chaqueta de cuero marrón oscuro que parecía protegerlo de cualquier rastro de humanidad, Arturo empujó la silla un centímetro más. Las ruedas delanteras perdieron el contacto con la piedra sólida, quedando suspendidas en el aire, desafiando las leyes de la gravedad.

La traición en el abismo que casi le cuesta la vida a una madre
—¡Ah! ¡Ah! —gimió Margarita, con la voz rota por el pánico absoluto mientras miraba hacia el vacío insondable que se abría bajo sus pies indefensos.

El terror paralizó sus cuerdas vocales. El viento parecía burlarse de sus súplicas. A pocos metros de distancia, sobre el terreno rocoso y estéril, un hermoso caballo blanco de crines largas observaba la escena en un silencio sepulcral. Era Faraón, el viejo semental que alguna vez perteneció a su difunto esposo, Eduardo. El animal permanecía inmóvil, como un espectador espectral de la traición más grande que una madre podría sufrir. Arturo no mostraba piedad alguna en su mirada; sus ojos, fijos en la nuca de su madre, solo reflejaban una ambición ciega y desmedida.

Arturo no mostraba piedad alguna en su mirada; sus ojos, fijos en la nuca de su madre, solo reflejaban una ambición ciega y desmedida.