Traición · Historia

La traición en el hospital que reveló el oscuro secreto de mi esposo

La traición en el hospital que reveló el oscuro secreto de mi esposo — Parte 2
Imagen del vídeo original

Anteriormente: Cuando Clarisa ingresó de urgencia en el hospital, no esperaba que su esposo y su amante se presentaran con abogados. Pero el doctor de guardia guardaba un secreto que cambiaría todo.

Silvia tardó unos segundos en reaccionar, aturdida por la dureza del impacto contra el suelo de linóleo. Cuando finalmente logró incorporarse, con el cabello desordenado y el vestido rojo manchado, su rostro estaba desencajado por la humillación. Las enfermeras y el personal de seguridad, que acababan de llegar al pasillo atraídos por el escándalo, contemplaban la escena con absoluta estupefacción.

El peso del pasado

Marcial, rompiendo finalmente su postura de espectador, dio un paso adelante. Su voz, aunque baja, destilaba un veneno capaz de intimidar a cualquiera. Se colocó frente al doctor Santiago, ignorando por completo a Clarisa, que seguía temblando en el suelo de la habitación contigua.

La traición en el hospital que reveló el oscuro secreto de mi esposo
—Acaba de cometer el peor error de su miserable vida, doctor —siseó Marcial, acomodándose los puños de la camisa—. No tiene idea de quién soy yo. Mi familia financia la mitad de las fundaciones de esta ciudad. Mañana mismo estará buscando trabajo en un dispensario de mala muerte, y su hospital se enfrentará a una demanda millonaria.

Silvia, que se apoyaba en la pared mientras se sobaba el codo, añadió con rabia:

—¡Y esa estúpida firmará la renuncia de la custodia hoy! No nos iremos de aquí hasta que ese bastardo sea legalmente mío. ¡No vas a quedarte con el apellido de los herederos, Clarisa!

Fue entonces cuando el doctor Santiago hizo algo que nadie esperaba. En lugar de amedrentarse ante las amenazas del poderoso empresario, el médico esbozó una sonrisa cargada de una triste ironía. Se quitó las gafas de montura metálica, las limpió lentamente con su bata y miró a Marcial con una mezcla de lástima y desprecio.

—Oh, sé perfectamente quién eres, Marcial —dijo el doctor Santiago, con una voz profunda que resonó en el pasillo—. Te conozco desde que eras un niño malcriado que corría por los pasillos de la constructora de tu padre. Tu padre, don Aurelio, era mi mejor amigo. Y también fui el médico que lo acompañó en sus últimas horas en este mismo hospital.

Marcial dio un paso atrás, con los ojos abiertos de par en par. La seguridad que ostentaba pareció desmoronarse en un segundo al escuchar el nombre de su difunto padre. El doctor Santiago dio un paso al frente, acortando la distancia.

—Tu padre sabía la clase de hombre en el que te estabas convirtiendo —continuó el médico—. Por eso, cuando redactó su testamento, incluyó una cláusula muy específica que tú siempre has intentado ignorar. Una cláusula de la que yo, por voluntad de Aurelio, soy el único albacea testamentario vivo.

Una cláusula de la que yo, por voluntad de Aurelio, soy el único albacea testamentario vivo.