La traición que casi me cuesta la vida en aquella terraza lluviosa de Madrid
Anteriormente: Cuando Sonia empujó a Clara por el balcón de aquel ático en Madrid, pensó que su secreto estaba a salvo. Pero el destino tenía otros planes para ellas esa noche lluviosa.
El susurro de la traición
El destino, sin embargo, se negó a dejar que Clara muriera esa noche. Su vestido rosa se enganchó en una viga metálica del andamiaje del piso inferior, amortiguando una caída que de otro modo habría sido mortal. Con el cuerpo magullado y la mente nublada por el dolor, fue trasladada de urgencia a una clínica privada bajo un nombre falso, gracias a la intervención de un médico de confianza que sospechó de inmediato que no se trataba de un simple accidente doméstico.
Mientras la policía de Madrid buscaba a Sonia, Clara decidió que la única forma de obtener respuestas era regresar al lugar donde todo había comenzado. Tres días después, burlando la vigilancia médica, entró sigilosamente en su propio hogar en mitad de la noche. Las luces del despacho de Mateo estaban encendidas. Al acercarse a la puerta entornada, el sonido de unas voces familiares la detuvo en seco.

—Ya no hay marcha atrás, Mateo. Clara está muerta y tú eres el único heredero de sus acciones. Firma este documento de traspaso ahora mismo o tu padre terminará sus días en una celda de aislamiento —amenazó Sonia, sosteniendo una carpeta de cuero negro.
Clara contuvo el aliento. A través de la rendija, vio a Mateo de rodillas, con los ojos enrojecidos por el llanto. No era el monstruo que ella había imaginado en sus peores sospechas; era una víctima más. Sonia lo estaba chantajeando con unas pruebas falsificadas de un antiguo fraude financiero que implicaba a la familia de Clara. Mateo había accedido a la gala benéfica bajo presión, pero jamás imaginó que Sonia intentaría asesinar a su esposa para acelerar el proceso.
El dilema era desgarrador. Si Clara intervenía en ese instante, Sonia podría destruir las pruebas de la inocencia de su padre o atacar a Mateo. Si no lo hacía, perderían el control de la empresa familiar para siempre. Con el corazón latiendo desbocado, Clara comprendió que debía jugar sus cartas con una astucia superior a la de su enemiga.
”Con el corazón latiendo desbocado, Clara comprendió que debía jugar sus cartas con una astucia superior a la de su enemiga.