Traición · Historia

La trampa en el patio de prisión que reveló una verdad dolorosa e inesperada

La trampa en el patio de prisión que reveló una verdad dolorosa e inesperada — Parte 2
Imagen del vídeo original

Anteriormente: En el rincón más oscuro de la prisión de Cruz del Sur, una agresión planeada destapa una red de traición que cambiará el destino de Juana y Sara para siempre.

La sombra de la sospecha

El silencio que siguió a la caída de Begoña fue roto por el estridente sonido de las alarmas de la prisión. Los guardias del centro penitenciario acudieron de inmediato, separando a las reclusas con violencia y arrastrando a Juana directamente a las celdas de aislamiento. Encontrarse entre aquellas cuatro paredes de cemento frío no era novedad para ella, pero esta vez el ambiente se sentía diferente, cargado de una hostilidad invisible.

A altas horas de la noche, el eco de unos pasos rompió el silencio del corredor. Era el subinspector del penal, un hombre corrupto conocido por vender favores al mejor postor. Se detuvo ante los barrotes de Juana, mirándola con una mezcla de lástima y cinismo.

La trampa en el patio de prisión que reveló una verdad dolorosa e inesperada
—Has ganado hoy, Juana, pero no deberías estar tan orgullosa —murmuró el oficial, mirando a ambos lados del pasillo—. Las órdenes de acabar contigo no vienen de dentro de estos muros. El dinero manda, y afuera hay alguien muy interesado en que no salgas viva de aquí.

Antes de retirarse, el guardia deslizó un papel doblado por la ranura de la puerta de hierro. Juana, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, se acercó a la luz mortecina de la celda para leerlo. Era la copia de una transferencia bancaria dirigida a una cuenta fantasma vinculada a Begoña. El remitente del dinero era una empresa constructora fantasma, pero el nombre del firmante era inconfundible: Alberto, su propio esposo.

El dolor de la traición la golpeó con más fuerza que cualquier puñetazo en el patio. Alberto, el hombre que le había prometido esperarla y cuidar de su pequeña hija, estaba pagando para que la asesinaran en prisión. Al día siguiente, tras ser liberada del aislamiento, Juana buscó desesperadamente a Sara en la biblioteca. La joven rubia, al verla acercarse, rompió a llorar de inmediato, presa del pánico.

—Lo siento, Juana, yo no quería ser parte de esto —sollozó Sara, temblando—. Tu esposo me amenazó. Él sabe que yo descubrí que él fue quien te tendió la trampa para que acabaras en la cárcel. Él robó el dinero de la constructora y te echó la culpa a ti para quedarse con tu parte y con la custodia de tu hija.

Él robó el dinero de la constructora y te echó la culpa a ti para quedarse con tu parte y con la custodia de tu hija.