Segundas oportunidades · Ficción breve

La llamada interrumpida que desató la furia de una madre desesperada en prisión

La llamada interrumpida que desató la furia de una madre desesperada en prisión — Parte 1
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El aire en la sala de comunicaciones de la prisión de Soto del Real siempre olía a desinfectante industrial y a desesperación acumulada. Elena, con el cabello castaño recogido en una trenza desprolija que caía sobre sus hombros, sostenía el pesado auricular metálico contra su oreja. Sus dedos, entumecidos por el frío constante de las paredes de hormigón, apretaban el cable en espiral como si fuera el único cabo suelto que la unía al mundo exterior. Era su cumpleaños número veintiocho, y el único regalo que deseaba estaba al otro lado de la línea.

Una voz en la distancia

De repente, el crujido de la estática dio paso a una voz infantil y cristalina que hizo que el corazón de Elena diera un vuelco doloroso.

La llamada interrumpida que desató la furia de una madre desesperada en prisión
—¡Mamá, feliz cumpleaños! Te he hecho un dibujo con muchos corazones —exclamó la pequeña Sofía desde el otro lado.

Las lágrimas, contenidas durante semanas de aislamiento y humillaciones, brotaron sin control de los ojos de Elena. Su rostro se contrajo en un sollozo silencioso mientras intentaba mantener la compostura para no asustar a su hija.

—Gracias, cariño. Eres el mejor regalo que la vida me ha dado. Te extraño cada segundo —susurró Elena, con la voz quebrada por la emoción.

Pero la calidez de ese instante se desvaneció en un pestañeo. Una mano robusta y áspera se interpuso bruscamente en su campo de visión. Begoña, una de las guardias más temidas del pabellón, famosa por su frialdad y el amenazante tatuaje de una rosa marchita en su cuello, arrebató el auricular de las manos de Elena y lo estampó contra la pared metálica con un golpe seco.

—Se acabó el tiempo, reclusa. Seguramente tu familia se olvidó de ti hace mucho tiempo y solo te llaman por lástima —escupió Begoña con una sonrisa cargada de desprecio.

Algo se rompió definitivamente dentro de Elena. El dolor y la tristeza se evaporaron en una milésima de segundo, dejando en su lugar un fuego ardiente de pura indignación. Ya no era una prisionera sumisa. Con un grito de rabia acumulada, Elena se giró y descargó un puñetazo certero en la mandíbula de Begoña, haciéndola tambalear. Sara, la segunda guardia que vigilaba desde el fondo, corrió a intervenir, pero Elena, impulsada por una fuerza sobrehumana, la esquivó y la lanzó contra la pared antes de derribar a Begoña de un empujón sobre el frío suelo de cemento, quedando de pie sobre ella como una leona defendiendo a su cría.

Sara, la segunda guardia que vigilaba desde el fondo, corrió a intervenir, pero Elena, impulsada por una fuerza sobrehumana, la esquivó y…