Traición · Ficción breve

Me culparon de un crimen que no cometí, pero la prisión me hizo más fuerte

Me culparon de un crimen que no cometí, pero la prisión me hizo más fuerte — Parte 2
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Anteriormente: Sara fue traicionada por la persona que más amaba y terminó tras las rejas. Sin embargo, el patio de la prisión se convirtió en el escenario donde demostraría que nadie puede destruirla.

La visita de las sombras

La victoria en el patio solo sirvió para pintar un blanco más grande en la espalda de Sara. Al caer la noche, el silencio sepulcral de la prisión fue interrumpido por el chirrido de la cerradura de su celda. Una funcionaria de prisiones de mirada esquiva y expresión severa la obligó a levantarse. Sin explicaciones, la guio a través de pasillos oscuros y húmedos hasta la zona de las duchas subterráneas, un rincón olvidado por las cámaras de seguridad donde las reglas de la institución dejaban de existir.

Al cruzar el umbral, el corazón de Sara dio un vuelco. Allí, de pie entre los azulejos húmedos, no estaba una reclusa armada, sino Julián, su exesposo. Lucía un traje de sastre impecable que parecía un insulto en medio de aquella miseria. Él era el hombre que la había amado, el mismo que había falsificado sus firmas para desviar millones de euros de su consultora financiera y que, finalmente, la había arrojado a los lobos para salvar su propio pellejo.

Me culparon de un crimen que no cometí, pero la prisión me hizo más fuerte
—Vaya, Sara. Veo que sigues siendo tan dura como el día en que te dejé aquí —dijo Julián con una sonrisa gélida, sacando un fajo de documentos de su maletín—. Pero tu fuerza no te servirá de nada esta vez. Firma esto. Es la renuncia total a la custodia de nuestra hija Sofía.

Sara sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Perder la libertad era un infierno, pero perder a su pequeña era la muerte en vida. Al ver su duda, Julián dio un paso al frente, bajando la voz con una amenaza implacable:

—Si firmas, te garantizaré una estancia tranquila. Si no lo haces... bueno, Dolores y sus amigas tienen órdenes muy claras de terminar lo que empezaron hoy en el patio. Tú decides si quieres salir de aquí en un coche de policía o en una bolsa de plástico.

Con la pluma en la mano y las lágrimas quemándole los ojos, Sara miró el papel. El guardia corrupto vigilaba la entrada con la mano apoyada en la porra, sonriendo con desprecio. Justo cuando la punta del bolígrafo rozaba el papel, la pesada puerta de hierro de las duchas se abrió con un estruendo metálico.

Justo cuando la punta del bolígrafo rozaba el papel, la pesada puerta de hierro de las duchas se abrió con un estruendo metálico.