Me encerraron para silenciarme, pero no sabían con quién se estaban metiendo en prisión
Anteriormente: Cuando Sara fue enviada a prisión por un crimen que no cometió, pensó que lo había perdido todo. Pero la celda compartida con Carla se convirtió en el inicio de su venganza.
La alianza de las sombras
La humillación de Carla no iba a quedar impune en un lugar donde la reputación lo era todo. Esa misma noche, cuando el silencio del penal parecía absoluto, la pesada puerta de la celda se abrió con un crujido metálico. No era un guardia común haciendo la ronda nocturna. Se trataba del sargento Héctor Torres, el jefe de seguridad del módulo, conocido por su brutalidad y por gobernar la prisión mediante el miedo y los favores pagados.
Acompañando a Torres, apareció Carla con el rostro visiblemente hinchado y una sonrisa de satisfacción que helaba la sangre. El sargento extrajo su porra reglamentaria del cinturón y señaló directamente a Sara, quien se incorporó de inmediato de su litera.

—Parece que la novata necesita una lección urgente de disciplina —dijo Torres con voz ronca—. De rodillas. Ahora.
Sara comprendió de inmediato que Carla lo había comprado. Al verse acorralada y obligada a arrodillarse mientras el sargento le colocaba las esposas a la espalda, una fría calma la invadió. Sabía que una paliza en ese rincón oscuro podría dejarla inválida o algo peor, y los guardias simplemente mirarían hacia otro lado.
—¿Creías que ibas a salir limpia de esto? —le susurró Carla, propinándole una bofetada que le partió el labio.
Sin embargo, Sara guardaba un secreto que nadie en esa prisión podía imaginar. Antes de ser detenida, había logrado esconder un dispositivo de memoria con las pruebas de la contabilidad paralela de su antigua constructora. En esos documentos no solo figuraban los desfalcos de su jefe, don Alejandro, sino también transferencias mensuales a una cuenta bancaria a nombre del sargento Torres.
—Si esa porra me toca, sargento —dijo Sara con voz inquebrantable, mirando directamente a Torres—, mañana a primera hora una copia de sus extractos bancarios en el extranjero estará en manos del director de Asuntos Internos.
El sargento se congeló en el acto. La porra quedó suspendida en el aire, a pocos centímetros de la cabeza de Sara. El rostro del oficial perdió todo el color, dándose cuenta de que la reclusa que pretendía someter tenía el poder de destruir su vida y su carrera en un segundo.
”El rostro del oficial perdió todo el color, dándose cuenta de que la reclusa que pretendía someter tenía el poder de destruir su vida y s…