Traición · Historia

Me encerraron por el crimen de mi prometido, pero el destino me dio una oportunidad

Me encerraron por el crimen de mi prometido, pero el destino me dio una oportunidad — Parte 2
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Anteriormente: Raquel pensó que lo había perdido todo cuando su prometido la incriminó. Pero tras las rejas, un violento enfrentamiento revela una red de corrupción que podría devolverle la libertad.

La trampa en la oscuridad

Las consecuencias de desafiar la autoridad en prisión no tardaron en llegar. Raquel fue arrastrada por un pasillo lúgubre hacia las celdas de aislamiento, un lugar donde el tiempo parecía detenerse y la esperanza moría. Sabía que golpear a un oficial significaba una condena prolongada, pero no estaba dispuesta a dejarse pisotear. En la penumbra de su celda, el frío de las paredes de piedra parecía penetrar hasta sus huesos, pero su mente permanecía clara.

Horas más tarde, el chirrido de la pesada puerta de hierro interrumpió el silencio. No era el equipo de intervención el que entraba, sino una comitiva mucho más peligrosa. La directora del centro penitenciario, doña Carmen, entró con paso firme. Tras ella, oculto en las sombras, apareció el abogado de Alejandro, el hombre que la había traicionado y encarcelado.

Me encerraron por el crimen de mi prometido, pero el destino me dio una oportunidad

El abogado sacó un documento de su maletín de cuero y lo colocó sobre la mesa de metal de la celda de aislamiento. Cortés, con el rostro vendado y una mueca de dolor, observaba desde el umbral con una sonrisa de triunfo.

—Tienes dos opciones, Raquel —dijo el abogado con una voz cargada de veneno—. Firmas esta confesión donde asumes toda la responsabilidad del desfalco y entregas los códigos de acceso, o el oficial Cortés presentará cargos por intento de homicidio. Pasarás el resto de tus días en una celda de máxima seguridad.

La directora Carmen permanecía en silencio, observando la escena con los brazos cruzados. Raquel miró el bolígrafo que el abogado le ofreciía. Sabía que Alejandro había pagado una fortuna a Cortés para arrinconarla de esta manera. Si firmaba, perdía su libertad para siempre. Si se negaba, la maquinaria corrupta de la prisión la destruiría sin piedad. El destino de Raquel pendía de un hilo finísimo.

El destino de Raquel pendía de un hilo finísimo.