Me encerraron por un crimen ajeno, pero defender a una anciana cambió mi destino
El patio de las almas rotas
El invierno en la prisión de Carabanchel no perdonaba a nadie, pero aquella mañana de noviembre el frío parecía calar directamente en los huesos. Elena sostenía la pesada manguera con las manos entumecidas, tratando de limpiar el lodo acumulado en el patio de hormigón. Llevaba meses adoptando un perfil bajo, intentando pasar desapercibida entre los muros grises que ahora limitaban su existencia tras ser traicionada por su prometido.
De repente, un violento tirón la desequilibró por completo. El agua helada salpicó el aire cuando Elena cayó pesadamente sobre el cemento mojado. El dolor agudo en sus rodillas raspadas apenas fue un susurro comparado con la humillación de escuchar las risas burlonas a su alrededor. Al levantar la cabeza, se topó con la imponente figura de Begoña, la reclusa más temida del pabellón.

—He oído que fuera también eras muy importante. Qué curioso: aquí solo pareces una conejita asustada que ha perdido a su grupo —siseó Begoña con una mueca cruel.
Elena guardó silencio, apretando los puños sobre el suelo encharcado. Sabía que cualquier chispa iniciaría un incendio que no podría apagar. Fue entonces cuando Clara, una anciana de cabello canoso y andar frágil que siempre le mostraba compasión, intervino dando un paso al frente y sujetando el brazo de la agresora.
—Déjalo. Déjala en paz —suplicó Clara con un hilo de voz.
La respuesta de Begoña fue de una crueldad infinita. Sin vacilar, giró la manguera de alta presión directamente hacia el rostro de la anciana.
—No es asunto tuyo —bramó Begoña.
El chorro de agua golpeó a Clara con tanta fuerza que la derribó hacia atrás, haciendo que su cabeza golpeara ruidosamente contra el suelo húmedo. Al ver a la anciana indefensa y temblando de dolor, algo se rompió dentro de Elena. Una furia ardiente sustituyó al miedo. Apoyando sus manos en el cemento helado, comenzó a ponerse en pie, con la mirada fija en su enemiga.
”Apoyando sus manos en el cemento helado, comenzó a ponerse en pie, con la mirada fija en su enemiga.