Me encerraron por un crimen ajeno, pero no sabían que regresaría con más fuerza
La ley del patio
El sol de justicia caía sobre el patio de la prisión de Soto del Real, tiñendo el polvo de un tono dorado y asfixiante. Sara, de veintiocho años, sentía cómo el sudor le corría por la frente, escapando de su desordenado moño castaño. Vestía ropa deportiva gris, la camiseta reglamentaria atada con fuerza a la cintura para permitirle mayor libertad de movimiento. Se colgó de la barra de hierro oxidada, sintiendo el metal ardiente contra sus palmas callosas. Cada dominada era un recordatorio de que seguía viva, de que su cuerpo aún no se había rendido ante la injusticia de su encierro.
De repente, el ambiente se tensó. Las sábanas blancas que colgaban de los tendederos cercanos dejaron de ondear. Dolores, una reclusa temida de treinta y ocho años, de complexión robusta y cabello rojo rizado, se interpuso en su camino. Llevaba una camiseta azul oscuro y sostenía un pesado balón medicinal negro con una sonrisa maliciosa. Sin previo aviso, Dolores lanzó el balón con violencia hacia el pecho de Sara.

Con reflejos felinos, Sara atrapó la pesada bola en el aire, amortiguando el impacto antes de dejarse caer sobre la tierra suelta y rodar el balón lejos. El patio entero contuvo el aliento. Las aliadas de Dolores no tardaron en jalear el conflicto.
—¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! —gritó una de las reclusas desde la sombra de la valla metálica.
—¡Dale una paliza! ¡Vamos, Dolores, enséñale quién manda aquí! —bramó otra con sed de violencia.
Dolores se abalanzó hacia adelante con un rugido, lanzando un puñetazo directo al abdomen de Sara. El golpe conectó con fuerza, pero Sara, endurecida por meses de entrenamiento y rabia contenida, absorbió el dolor. Sin dar un paso atrás, esquivó el siguiente ataque y lanzó un derechazo preciso que impactó de lleno en la mandíbula de Dolores. Aprovechando el desconcierto de su rival, Sara la atrapó en un estrecho clinch y clavó una rodilla implacable en su estómago, enviando a la giganta roja al suelo polvoriento.
”Aprovechando el desconcierto de su rival, Sara la atrapó en un estrecho clinch y clavó una rodilla implacable en su estómago, enviando a…