Me humillaron en prisión sin saber que la reclusa más peligrosa me protegería
El infierno gris de la lavandería
El aire en la lavandería del pabellón de mujeres era sofocante, cargado de un vapor húmedo que olía a cloro y a encierro. Sara, una mujer de cuarenta y ocho años que aún conservaba la mirada asustada de quien nunca debió pisar una prisión, caminaba con dificultad cargando una pila de sábanas industriales recién dobladas. Llevaba el uniforme deportivo gris reglamentario, que le quedaba ligeramente grande, acentuando su fragilidad.
A pocos metros, Begoña, una reclusa robusta de cabello rojizo y mirada hostil, la observaba con una sonrisa cruel. Begoña disfrutaba del miedo ajeno, y Sara era su víctima favorita desde hacía semanas. Con un movimiento rápido y malintencionado, Begoña estiró el pie justo cuando Sara pasaba a su lado. El tropiezo fue inevitable.

Sara cayó pesadamente sobre el frío suelo de cemento, soltando un gemido de dolor mientras las sábanas limpias se esparcían por el suelo húmedo. Antes de que pudiera reaccionar, Begoña tomó una caja de detergente industrial en polvo y la vació por completo sobre la cabeza de Sara. El polvo químico blanco cubrió su cabello y sus ojos, provocándole un ardor insoportable.
—A ver si así te limpias un poco, mosquita muerta —se burló Begoña, mientras algunas reclusas miraban con indiferencia y otra gritaba débilmente: «Ya basta» desde el fondo.
Pero la diversión de Begoña se cortó en seco. Por el estrecho pasillo entre las secadoras de metal, apareció María. De complexión atlética, cabello castaño muy corto y una presencia imponente, María era respetada por todas. Al ver la escena, sus ojos se encendieron de rabia.
María confrontó directamente a Begoña. Esta última, tratando de mantener su reputación, lanzó un puñetazo salvaje. Sin embargo, María esquivó el golpe con una precisión asombrosa, atrapó el brazo de la agresora y le propinó un certero rodillazo en el abdomen. Begoña se dobló por el dolor, cayendo al suelo de donde no volvería a levantarse para pelear. María se mantuvo erguida, victoriosa, extendiendo su mano hacia la temblorosa Sara.
”María se mantuvo erguida, victoriosa, extendiendo su mano hacia la temblorosa Sara.