Traición · Historia

Me traicionaron para encerrarme en prisión, pero ahora la verdad saldrá a la luz

Me traicionaron para encerrarme en prisión, pero ahora la verdad saldrá a la luz — Parte 1
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El rugido del patio

El sol de la tarde caía implacable sobre el patio de tierra de la prisión de Alhaurín, levantando un polvo fino que se pegaba a la piel sudorosa de las reclusas. Para Sara, aquel calor sofocante no era un impedimento, sino un combustible. A sus veintisiete años, con el cabello rubio oscuro recogido en una coleta desaliñada y vistiendo el tosco chándal gris del penal, se aferraba a las barras paralelas de hierro oxidado. Con cada flexión y cada fondo que ejecutaba, sentía cómo sus músculos se tensaban, canalizando la rabia y la impotencia que la consumían desde el día en que fue traicionada por su propia familia.

De repente, el aire se volvió denso. Begoña, una reclusa de treinta y tres años con una complexión imponente y un historial de violencia que atemorizaba a medio módulo, se interpuso en su camino. Sin previo aviso, Begoña lanzó un pesado balón medicinal de cuero directamente hacia el pecho de Sara. Gracias a sus reflejos agudizados por meses de alerta constante, Sara soltó las barras justo a tiempo, atrapando el proyectil en el aire antes de descender suavemente a la tierra batida.

Me traicionaron para encerrarme en prisión, pero ahora la verdad saldrá a la luz
—¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! —bramó Begoña, con una mueca cargada de desprecio.

Alrededor de ellas, la habitual quietud del patio de recreo se rompió en mil pedazos. Decenas de internas corrieron a formar un círculo humano, ansiosas por presenciar el espectáculo. Las voces se alzaban en un coro violento que resonaba contra los altos muros de hormigón coronados con concertinas.

—¡Dale una paliza! ¡Vamos, Gueparda! —gritaba la multitud, alentando a la giganta.

Begoña se lanzó al ataque con un puñetazo directo al rostro. Sin embargo, Sara no se dejó intimidar. Con un movimiento fluido, esquivó el golpe inclinando el torso. Cuando Begoña intentó agarrarla en un abrazo asfixiante, Sara se anticipó, cerrando la distancia para anular su alcance y conectando un fulminante rodillazo directo al plexo solar de su oponente. El impacto fue seco y definitivo. Begoña se dobló por la mitad, cayendo de rodillas sobre el polvo mientras buscaba desesperadamente una bocanada de aire. Sin pronunciar una palabra, Sara se dio la vuelta y se alejó con paso firme, dejando atrás el silencio atónito del patio.

Sin pronunciar una palabra, Sara se dio la vuelta y se alejó con paso firme, dejando atrás el silencio atónito del patio.