Mi esposo intentó destruirme en público y mi hermana reveló su secreto más oscuro
Un encuentro peligroso bajo las luces navideñas
El bullicio del centro comercial de Madrid era ensordecedor. Las luces plateadas y las guirnaldas de muérdago colgaban del techo, creando una atmósfera festiva que contrastaba dolorosamente con el pánico que consumía a Berta. Caminaba deprisa, esquivando a familias enteras cargadas de bolsas de compras, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Sabía que él la estaba buscando, pero nunca imaginó que se atrevería a actuar en un lugar tan público.
De repente, una mano de hierro se cerró alrededor de su muñeca. Justo, vestido con un elegante blazer negro que ocultaba su verdadera naturaleza violenta, la arrastró sin contemplaciones hacia una de las columnas de espejos que dividían los pasillos de las tiendas de lujo. La empujó contra el frío cristal con una fuerza descomunal.

—¿Te creías que podías escapar de mí, Berta? —siseó Justo, con los ojos inyectados en sangre—. Me vas a devolver esos documentos ahora mismo o te juro que te arrepentirás.
Berta temblaba de pies a cabeza, sintiendo el frío del espejo en su espalda y el aliento hostil de su esposo demasiado cerca. La gente pasaba de largo, asumiendo que se trataba de una simple discusión de pareja. Nadie intervenía. Justo la presionaba con más fuerza, ignorando las lágrimas que comenzaban a correr por las mejillas de su esposa. Estaba completamente indefensa, atrapada bajo su control físico y psicológico.
Pero la salvación llegó en forma de un torbellino rojo. Danielle, la hermana de Berta, apareció corriendo entre la multitud. Al ver a su hermana acorralada, su instinto de protección se activó al instante. Sin dudarlo, se abalanzó sobre el agresor.
—¡Eh! ¡Suéltala! —gritó Danielle con una furia arrolladora.
Con un movimiento rápido y decidido, Danielle agarró a Justo por el hombro del blazer, lo desestabilizó y le propinó una patada certera que lo mandó directo al suelo de mármol. Justo cayó con un gemido sordo, mientras Berta, libre al fin, se tapaba el rostro con las manos, temblando incontrolablemente en estado de shock.
Antes de que Justo pudiera levantarse, el oficial Young, un guardia de seguridad del centro comercial, llegó corriendo con rostro desencajado y los brazos abiertos.
—¡Eh! ¡Espera! —exclamó el oficial, tratando de interponerse entre las dos mujeres y el hombre que se quejaba en el suelo. El escándalo estaba servido.
”—exclamó el oficial, tratando de interponerse entre las dos mujeres y el hombre que se quejaba en el suelo. El escándalo estaba servido.