Mi exesposo intentó destruirme en el hospital, pero un soldado cambió mi destino
Un pasillo teñido de peligro
El silencio del ala oeste del Hospital Clínico de Madrid era sepulcral a esas horas de la tarde. Elena, una dedicada enfermera de ojos oscuros y cabello castaño, caminaba a paso rápido con su uniforme turquesa y su bata blanca flotando tras ella. En sus manos apretaba un pequeño dispositivo de memoria que contenía la verdad: las pruebas de que su exesposo, el prestigioso cirujano Hugo Santillana, había estado falsificando informes médicos para encubrir graves negligencias quirúrgicas.
De repente, una silueta elegante y amenazante bloqueó su camino. Era Hugo, impecable en su traje negro a medida, pero con una mirada cargada de una hostilidad aterradora. Antes de que Elena pudiera retroceder, él la sujetó por las muñecas con una fuerza brutal. El forcejeo fue rápido y despiadado. Hugo la empujó contra la pared y luego la arrojó sin piedad al suelo pulido del pasillo.

¡Ahhh! ¡Ayuda!
El grito de auxilio de Elena resonó en las paredes de azulejos, pero el pasillo parecía desierto. Hugo, completamente fuera de sí, se colocó sobre ella y, con una crueldad inimaginable, levantó su zapato de cuero y pisó con fuerza su pecho, aplastándola contra el suelo. Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones, mientras la mirada de su agresor prometía un final fatal.
Fue en ese instante de pura desesperación cuando la puerta del fondo se abrió de golpe. Mateo, un sargento del ejército español de permiso para visitar a su madre enferma, apareció corriendo por el pasillo junto a su fiel pastor alemán, Rex. Al ver la escena, la sangre de Mateo hirvió de indignación.
¡Eh! ¡Suéltala!
Con una velocidad asombrosa, Mateo acortó la distancia. Antes de que Hugo pudiera apartarse, el militar le asestó un derechazo demoledor en el rostro, seguido de una patada directa al pecho que mandó al cirujano volando hacia atrás hasta estrellarse contra las baldosas. Rex plantó sus patas delanteras cerca del agresor, ladrando furiosamente para advertirle que no se moviera.
”Rex plantó sus patas delanteras cerca del agresor, ladrando furiosamente para advertirle que no se moviera.