Mi hermana me tendió una trampa para quedarse con mi bebé, pero sobreviví
El patio de los golpes mudos
El sol de la tarde caía plomizo sobre el patio de la prisión de Cruz del Sur, tiñendo las paredes de hormigón gris de un tono amarillento y descolorido. Entre las sábanas blancas que colgaban de los tendederos improvisados, el aire apenas corría. Sara, con treinta y tres años y una determinación esculpida por la injusticia, se aferraba a la barra de dominadas de hierro negro. Sus antebrazos, cubiertos de tatuajes oscuros y cicatrices recientes, se tensaban con cada repetición. Llevaba la sudadera gris de la prisión desabrochada hasta la cintura, dejando ver una musculatura ganada a base de rabia y disciplina diaria.
De repente, una sombra pesada interrumpió su ritmo. Dolores, una reclusa de cuarenta y tres años conocida por su brutalidad y por controlar los negocios oscuros del patio, se plantó frente a ella. Sin mediar palabra, Dolores alzó un pesado balón medicinal y lo arrojó con violencia hacia el rostro de Sara. Con reflejos felinos, Sara soltó la barra, atrapó la pelota en el aire antes de que la golpeara, se descolgó con agilidad sobre la tierra seca y la arrojó a un lado con desprecio.

—¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! —gritó una de las presas que se habían agrupado para presenciar el espectáculo.
—¡Dale una paliza! ¡Vamos, Dolores, enséñale quién manda aquí! —jaleó otra desde la sombra del muro.
Dolores avanzó con paso firme y descargó un puñetazo brutal en el abdomen de Sara. El impacto sonó seco, pero Sara absorbió el golpe apretando los dientes, sin dar un paso atrás. Con una velocidad pasmosa, contraatacó con un derechazo directo a la mandíbula de su agresora. Aprovechando el desconcierto de Dolores, la sujetó por los hombros y le propinó un rodillazo fulminante en el plexo solar, derribándola al suelo. Dolores quedó de rodillas sobre la tierra, jadeando, mientras Sara, sin dedicarle una sola mirada más, regresó a la barra de dominadas para continuar su rutina.
”Dolores quedó de rodillas sobre la tierra, jadeando, mientras Sara, sin dedicarle una sola mirada más, regresó a la barra de dominadas pa…