Traición · Ficción breve

Mi mejor amiga me traicionó para enviarme a prisión, pero hoy decido romper el silencio

Mi mejor amiga me traicionó para enviarme a prisión, pero hoy decido romper el silencio — Parte 2
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Anteriormente: Tras ser traicionada por la persona en quien más confiaba, Sara termina en una prisión de máxima seguridad, donde deberá luchar no solo por su supervivencia, sino por desenterrar una dolorosa verdad.

Una traición al descubierto

La victoria en el patio no trajo paz para Sara. Esa misma noche, el sonido metálico de la cerradura de su celda la despertó. El oficial Ortega, un guardia de mirada turbia y sonrisa cínica, la obligó a salir al pasillo en silencio. En lugar de llevarla al área de aislamiento, la empujó hacia una oficina médica vacía en el sótano del edificio de administración. Allí, sentada en una camilla y aplicando hielo sobre su abdomen herido, se encontraba Begoña.

Sara se preparó para un segundo asalto, pero la actitud de la corpulenta reclusa había cambiado por completo. Ya no había rastro de la fiera del patio; en su lugar, había una mujer cansada y asustada. Begoña miró al guardia, quien asintió y se retiró a vigilar la puerta, dejándolas solas.

Mi mejor amiga me traicionó para enviarme a prisión, pero hoy decido romper el silencio
No es nada personal, Sara. Me pagaron una buena suma para que te rompiera las piernas y te mandara a la enfermería por meses.

La revelación golpeó a Sara con más fuerza que cualquier puñetazo. Al exigir nombres, Begoña suspiró y sacó un trozo de papel arrugado de su bolsillo, donde figuraba un nombre que desató una tormenta de emociones en el pecho de Sara: Lucía Sanz. Su antigua mejor amiga de Madrid no se había conformado con robarle su prometido y su empresa mediante pruebas falsas; ahora quería asegurarse de que nunca saliera viva de prisión para reclamar su inocencia.

Begoña, sabiendo que su fracaso la ponía en peligro con los contactos externos de Lucía, le propuso una alianza inesperada. Juntas, utilizando los contactos de Begoña en la cocina y la lavandería, comenzaron a recolectar pruebas de los sobornos que Lucía enviaba a varios guardias de la prisión para hacerle la vida imposible a Sara. Durante semanas, acumularon extractos bancarios clandestinos y notas manuscritas que incriminaban directamente a Lucía y al oficial Ortega.

Sin embargo, la víspera de enviar el expediente a un abogado de derechos humanos externo, la alarma del pabellón comenzó a sonar. Un registro sorpresa, liderado por el propio Ortega, desmanteló su escondite. Sara fue arrastrada a la oficina de la subdirectora del centro, quien sostenía los documentos incriminatorios con una sonrisa gélida mientras encendía un mechero.

Sara fue arrastrada a la oficina de la subdirectora del centro, quien sostenía los documentos incriminatorios con una sonrisa gélida mien…