Mi mejor amiga me traicionó para salvarse, pero la cárcel me enseñó a defenderme
El despertar en el infierno de Cruz del Sur
El aire en la prisión de Cruz del Sur siempre olía a una mezcla de desinfectante barato y metal oxidado. Para Sara, una joven de veintidós años que apenas unas semanas antes disfrutaba de su beca de atletismo, cada segundo en aquella celda de hormigón era una tortura psicológica. No pertenecía a ese lugar, pero la traición de su mejor amiga la había condenado a pagar por un delito financiero que jamás cometió.
Aquella tarde calurosa, Sara buscaba un momento de paz en la litera superior de su celda. Con los ojos cerrados, intentaba bloquear el eco de los gritos y las risas del patio. De repente, la tranquilidad se rompió de forma violenta. Unas manos rudas y fuertes la aferraron por los tobillos. Sin tiempo para reaccionar, Sara fue arrastrada con brutalidad hacia el vacío, impactando con fuerza contra el frío suelo de cemento.

El dolor se extendió por su espalda, pero la rabia fue más rápida. Al levantar la vista, se encontró con la figura imponente de Carla, una reclusa de complexión robusta y cabello pelirrojo recogido en un moño desordenado. Carla se sentó en la litera inferior, mirándola con una mueca de superioridad.
—El suelo es tuyo, novata —dijo Carla, esperando ver lágrimas en los ojos de la recién llegada.
Pero Sara ya había llorado suficiente desde su arresto. Algo dentro de ella se rompió, dejando paso a un instinto de supervivencia que desconocía. Se incorporó lentamente, apoyando las palmas en el hormigón, sin apartar la mirada de su agresora.
—Gran error, zorra —escupió Sara con una intensidad que heló el ambiente.
Carla rugió enfurecida y se abalanzó sobre ella. Sin embargo, la agilidad de Sara, entrenada tras años de atletismo, fue su mejor defensa. Esquivó el golpe con un movimiento fluido, contratacando con dos puñetazos rápidos en las costillas de Carla. Antes de que la pelirroja pudiera recuperarse, Sara la agarró por el cuello y la estampó de cara contra el suelo. De inmediato, se arrodilló sobre su espalda, inmovilizándole el brazo.
—Disfruta del suelo —le susurró Sara al oído antes de levantarse con calma, bajo la mirada atónita del resto de reclusas.
”De inmediato, se arrodilló sobre su espalda, inmovilizándole el brazo.—Disfruta del suelo —le susurró Sara al oído antes de levantarse co…