Mi prometida arrojó a mi abuela al suelo, pero mi regreso cambió todo
Anteriormente: Cuando Mateo regresó de su misión militar en el extranjero, jamás imaginó que encontraría a su prometida maltratando a la mujer que lo crió. Una terrible verdad estaba a punto de salir a la luz.
La telaraña de mentiras
Con el corazón desbocado, Mateo se arrodilló junto a su abuela Elvira. Con extrema delicadeza, la levantó en brazos y la llevó al interior de la mansión, colocándola con cuidado en el sofá del gran salón. Elvira temblaba, no solo por el dolor físico de la caída, sino por el terror psicológico que había estado viviendo en silencio durante meses. Mateo le tomó la mano, jurándole que jamás volverían a hacerle daño.
De repente, la puerta del salón se abrió de golpe. Clara entró, sacudiéndose el polvo de su vestido de terciopelo. Su expresión de pánico había desaparecido, reemplazada por una mueca de fría superioridad. En su mano derecha sostenía una carpeta de cuero con varios documentos oficiales.

—Eres un estúpido, Mateo. Siempre lo has sido —dijo Clara, con una risa burlona—. Llegas demasiado tarde para jugar al héroe. Esta casa ya no le pertenece a tu querida abuela. Ahora es mía.
Clara arrojó los papeles sobre la mesa de centro. Mateo los examinó rápidamente. Era un poder notarial de representación absoluta, firmado supuestamente por Elvira hacía una semana, que transfería todos los bienes y la propiedad de la mansión a nombre de Clara.
—¡Esto es una falsificación! ¡Mi abuela jamás firmaría esto voluntariamente! —exclamó Mateo, con los puños apretados.
—Claro que lo firmó, querido. Aunque tal vez estaba un poco... dispersa —respondió Clara con cinismo, tocándose la sien—. Su médico de cabecera, que casualmente es un buen amigo mío, firmó un informe declarando que sufre demencia senil avanzada. Legalmente, ella no es capaz de tomar decisiones, y yo tengo el control total.
Mateo recordó de inmediato las extrañas medicinas que Clara le administraba a su abuela. Corrió al baño de la planta baja y registró el botiquín, encontrando varios frascos de sedantes fuertes no recetados, capaces de anular la voluntad de cualquiera. Al regresar al salón, Clara ya estaba al teléfono, llamando a la policía local para denunciar un asalto doméstico por parte de un soldado violento.
”Al regresar al salón, Clara ya estaba al teléfono, llamando a la policía local para denunciar un asalto doméstico por parte de un soldado…