Mi propia hermana me envió a prisión, pero no esperaba que sobreviviera al infierno
El patio del infierno
El sol de justicia caía plomizo sobre el patio de ladrillo desgastado de la prisión de Alcalá Meco. Entre las sábanas blancas que colgaban de los tendederos improvisados, el aire apenas corría, cargado de un olor rancio a lejía y desesperanza. Sara, con el cabello castaño rojizo recogido en un moño desaliñado y los brazos cubiertos de tatuajes que contaban su propia historia de resistencia, se aferraba a la barra de dominadas. Sus músculos, esculpidos por tres años de injusto encierro, se tensaban con cada repetición.
De repente, la pesadez del mediodía se rompió con violencia. Dolores, una reclusa corpulenta de cuarenta y cinco años con una melena rubia y rizada que infundía terror en el módulo de mujeres, arrojó un pesado balón medicinal directamente hacia ella. Con reflejos felinos, Sara amortiguó el impacto en el aire, se descolgó de la barra y dejó caer el esférico a un lado, manteniendo la mirada gélida y fija en su agresora.

—¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! —gritó una de las secuaces de Dolores, desatando el murmullo ansioso de las reclusas que comenzaban a rodearlas.
—¡Dale una paliza! ¡Vamos, Dolores! —bramó otra espectadora, sedienta de la distracción que solo la violencia carcelaria podía ofrecer en aquella rutina asfixiante.
Dolores dio un paso al frente, con una sonrisa sádica dibujada en el rostro, y lanzó un puñetazo seco y brutal directo al estómago de Sara. El impacto sonó como un eco sordo en el patio. Sin embargo, Sara apenas parpadeó. Absorbiendo el golpe con la dureza de quien ya lo ha perdido todo, contraatacó con la velocidad de un rayo. Su puño impactó de lleno en la mandíbula de Dolores, seguido de un agarre firme que culminó en un rodillazo fulminante en el plexo solar. Dolores se desplomó sobre el pavimento, jadeando y humillada, mientras Sara, sin mediar palabra, volvía a colgarse de la barra bajo la mirada atónita del patio.
”Dolores se desplomó sobre el pavimento, jadeando y humillada, mientras Sara, sin mediar palabra, volvía a colgarse de la barra bajo la mi…