Mi propio esposo me tendió una trampa para arrebatarme a nuestra hija
Anteriormente: Jésica pensaba que su vida en Madrid era perfecta, hasta que descubrió el oscuro secreto de su esposo y se vio obligada a huir con su hija en mitad de la noche.
El juego de la traición
El oficial de policía dio un paso más hacia el camión, pero el sonido de una chapa metálica cayendo al otro lado del recinto desvió su atención. «¡Allí! ¡Muévete!», gritó su compañero, y ambos corrieron hacia el fondo del desguace. Aprovechando esos segundos cruciales, Jésica tomó a Ana de la mano y avanzó agachada entre los pasillos de chatarra hasta alcanzar la pequeña caseta de la oficina del desguace.
El interior de la caseta olía a aceite quemado y papel viejo. Jésica sabía que el dueño del lugar era cómplice de Alberto, pero también sabía que guardaba las llaves de los vehículos que aún funcionaban en un cajón de la oficina. Con manos temblorosas, revolvió los cajones hasta que sus dedos chocaron con un llavero metálico. En ese instante, los faros de un todoterreno negro iluminaron la oficina a través de los cristales sucios. Era el coche privado de Alberto.

Su esposo bajó del vehículo con paso firme, vistiendo su abrigo oscuro de paisano. Entró en la caseta con la frialdad de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. Al ver a Jésica arrinconada junto al escritorio, una sonrisa cínica se dibujó en su rostro.
—¿Pensabas que podías escapar de mí, Jésica? —preguntó Alberto, mientras cerraba la puerta tras de sí—. Nadie va a creerte. Para el juez, eres una madre inestable que ha secuestrado a su hija bajo un brote psicótico. Entrega a Ana y quizás sea compasivo contigo.
Jésica abrazó a Ana con fuerza, colocándose delante de ella como un escudo humano. En su mano libre, ocultaba la carpeta azul que había logrado rescatar de su casa antes de huir. Alberto extendió la mano, exigiendo los documentos que probaban sus negocios ilegales de extorsión y desguace de coches robados. La tensión en la habitación era asfixiante, y Jésica sabía que si cedía, nunca volvería a ver la luz del día.
”La tensión en la habitación era asfixiante, y Jésica sabía que si cedía, nunca volvería a ver la luz del día.