El misterioso hombre que me defendió del matón del instituto ocultaba un secreto
Anteriormente: Cuando Martín me tiró al suelo en el aparcamiento del instituto, pensé que nadie me ayudaría. Pero entonces intervino Diego, desatando una verdad que cambiaría nuestras vidas para siempre.
La tensión en el aparcamiento se disolvió lentamente cuando Martín, incapaz de sostener la mirada de Diego, murmuró una amenaza cobarde antes de retirarse con sus amigos. Diego guio a Sara hacia su viejo todoterreno azul. El calor de la calefacción apenas lograba mitigar el temblor que recorría el cuerpo de la joven, abrumada por la humillación y la repentina aparición de su salvador.
—Gracias —susurró Sara, frotándose las manos—. Pero no debiste hacerlo. El padre de Martín controla todo en este pueblo. Destruirá tu taller.

Un pasado enterrado
Diego arrancó el motor en silencio, mirando fijamente la carretera empapada antes de girarse hacia ella. Se quitó la gorra, revelando unos ojos del mismo color verde oliva que los de Sara. El parecido físico, de repente, resultó innegable y abrumador.
—Manuel Estévez ya intentó destruirme una vez, Sara —dijo Diego, con un tono cargado de antigua amargura—. Hace dieciocho años, tu madre y yo planeábamos escapar de este lugar. Pero Manuel, obsesionado con ella, me acusó falsamente de un delito que no cometí para apartarme de su camino.
Sara sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su madre siempre le había dicho que su padre biológico había muerto en un accidente antes de que ella naciera. Ahora, la verdad se presentaba ante ella con la fuerza de un huracán.
—¿Tú... tú eres mi padre? —preguntó Sara, con la voz quebrada por la emoción.
Antes de que Diego pudiera responder, su teléfono móvil comenzó a vibrar en el salpicadero. En la pantalla se leía el nombre de Manuel Estévez. Diego activó el manos libres, y una voz ronca y autoritaria llenó el habitáculo del coche.
—Sé que has vuelto, Diego —amenazó Manuel—. Aléjate de mi hijo y de la muchacha. Si revelas una sola palabra de lo que pasó hace dieciocho años, me encargaré de que termines en prisión de por vida. Esta vez no tendré piedad.
Diego apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, pero su voz no tembló al responder.
”Esta vez no tendré piedad.Diego apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, pero su voz no tembló al responder.