Secretos de familia · Historia

La niña que salvó a su padre buscando al motero más peligroso del desierto

La niña que salvó a su padre buscando al motero más peligroso del desierto — Parte 2
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Anteriormente: Una pequeña de ocho años aparece en un taller del desierto con un chaleco de cuero desgastado, buscando desesperadamente ayuda para su padre moribundo.

La carrera contra el tiempo

Martín no perdió un solo segundo. Subió a la niña, que dijo llamarse Lucía, a su camioneta y condujo a gran velocidad por las pistas de tierra del desierto, levantando una densa polvareda. Lucía le guio hasta una antigua estación de bombeo abandonada, un refugio improvisado donde la temperatura era sofocante. Allí, sobre un colchón de paja en un rincón oscuro, yacía Diego, consumido por una fiebre altísima provocada por una grave herida infectada en la pierna.

Justo cuando Martín lograba cargar a su viejo amigo en brazos para llevarlo al hospital, el estruendo de varios motores todoterreno anunció la llegada de Javier, el implacable terrateniente local que controlaba los negocios ilícitos de la comarca. Javier y sus secuaces bloquearon la salida con sus vehículos, bajándose armados y con sonrisas burlonas en el rostro.

La niña que salvó a su padre buscando al motero más peligroso del desierto
—Vaya, vaya, Martín. Sabía que el viejo Diego no tardaría en cometer un error, pero no esperaba que lo entregaras tú mismo —dijo Javier, apuntando con su pistola—. Ese hombre sabe demasiado sobre mis negocios y de aquí no sale vivo.

Martín colocó con cuidado a Diego en el asiento trasero de la camioneta y protegió a Lucía detrás de su cuerpo. Sabía que la situación era desesperada; estaba desarmado y superado en número, pero el honor de la hermandad y la vida de su amigo estaban en juego. La culpa por haber permitido que Diego asumiera la culpa de sus propios errores juveniles ardía en su pecho.

—No vas a tocar a esta familia, Javier. Si quieres llegar a ellos, tendrás que pasar por encima de mí y de todos los hombres de mi club —declaró Martín con voz firme, mientras discretamente activaba el intercomunicador de su cinturón para alertar a sus muchachos en el taller.

Javier soltó una carcajada fría y se dispuso a apretar el gatillo, pero en ese instante, el rugido ensordecedor de una docena de motocicletas comenzó a resonar en la distancia, acercándose rápidamente por el horizonte.

Si quieres llegar a ellos, tendrás que pasar por encima de mí y de todos los hombres de mi club —declaró Martín con voz firme, mientras d…