Una novata indefensa en prisión encuentra a su protectora tras un brutal ataque
El frío del patio de Cruz del Norte
El penal de Cruz del Norte se alzaba como un gigante de hormigón y espino bajo un cielo plomizo y cargado de niebla. Para Lidia, una joven de piel pálida y pecas doradas que vestía el chándal gris reglamentario de las reclusas, aquel lugar era la encarnación de sus peores pesadillas. No pertenecía allí; era una contadora inocente atrapada en una red de mentiras financieras tejida por su propio prometido, Manuel. Pero en el patio de la prisión, la inocencia no servía de escudo.
Aquella tarde gris, el peligro se materializó en la figura de Begoña, una reclusa corpulenta y despiadada que controlaba los pabellones con puño de hierro. Sin mediar palabra, Begoña y sus secuaces arrinconaron a Lidia junto a unos viejos pilones de metal llenos de agua estancada. La fuerza bruta de Begoña sometió a la joven de inmediato, hundiéndole la cabeza en el agua helada mientras las demás reían de fondo. El aire se le escapaba a Lidia, y la desesperación la consumía.

—Es hora de que aprendas a mantener la boca cerrada, niñata —siseó Begoña con crueldad.
La muerte parecía inevitable hasta que un estruendo rompió la tensión del patio. Sara, una reclusa solitaria y respetada por sus tatuajes y su temple de acero, arrojó sus utensilios de limpieza al suelo húmedo. Sin dudarlo, recogió una losa de hormigón del suelo y se lanzó al ataque con una agilidad felina.
—¡Suéltala, zorra! —bramó Sara, su voz resonando con una autoridad que paralizó el patio.
Begoña, sorprendida por la audacia de la recién llegada, soltó a Lidia por un segundo y se giró con los puños en alto.
—¡Estás muerta, novata! —rugió la gigante.
Pero la velocidad de Sara fue letal. Esquivó la embestida de Begoña, conectó dos golpes precisos en su mandíbula y, con un derribo espectacular, la estampó contra el cemento mojado. Mientras Begoña yacía aturdida, Sara corrió hacia Lidia, que tiritaba y tosía en el suelo.
—Ya te tengo. ¿Estás bien? —le susurró Sara con una calidez insólita en aquel infierno.
”—le susurró Sara con una calidez insólita en aquel infierno.