Una pelea en la prisión reveló el oscuro secreto que intentaba ocultar para siempre
El patio del infierno
El sol de justicia caía sobre el patio de cemento de la prisión de Soto del Real, levantando un polvo blanquecino que se metía en los ojos y en la garganta. El sonido constante de las concertinas mecidas por el viento era la única música de fondo en aquel páramo de hormigón. Yo, Sara, observaba desde un banco de metal oxidado, tratando de pasar desapercibida, como lo había hecho durante los últimos seis meses.
De repente, el frágil equilibrio del patio se rompió. Valeria, una reclusa pelirroja y de complexión robusta, empujó brutalmente a una nueva interna que acababa de cruzar la doble verja de seguridad. La chica cayó de rodillas sobre la grava, sollozando. A pocos metros, Roxy, con sus brazos cubiertos de tatuajes carcelarios y el cabello rapado al ras, observaba la escena con una sonrisa depredadora.

—Esa es la nueva —dijo Roxy, señalándola con un dedo huesudo mientras las demás presas rompían a reír—. Ella no le pertenece a nadie. Ahora es mía.
Sentí una punzada de rabia en el pecho. Aquella joven indefensa me recordaba demasiado a mi hermana menor, la razón por la que yo estaba cumpliendo una condena que no me correspondía. No podía permitir que la destruyeran. Me levanté del banco, ignorando las advertencias silenciosas de las reclusas más veteranas, y caminé directamente hacia Valeria.
Valeria se giró, sorprendida por mi intromisión, y sin mediar palabra lanzó un derechazo directo a mi mandíbula. El tiempo pareció ralentizarse. Esquivé el golpe con un movimiento instintivo hacia la izquierda, sintiendo el aire del puño rozar mi mejilla. Aprovechando su desequilibrio, conecté una serie rápida de golpes en su costado y, con una patada precisa en el plexo solar, la mandé al suelo. Valeria terminó cayendo pesadamente sobre el banco de metal, derrotada. El patio entero enmudeció bajo la mirada atónita de Roxy.
”El patio entero enmudeció bajo la mirada atónita de Roxy.