Venganza · Historia

Pensaron que me quebrarían en prisión, pero la humillación de mi enemiga desató mi fuerza

Pensaron que me quebrarían en prisión, pero la humillación de mi enemiga desató mi fuerza — Parte 1
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El infierno de cemento

El patio de la prisión de Brieva parecía un horno de hormigón bajo el implacable sol de julio. Las altas vallas rematadas con alambre de espino recortaban un cielo de un azul plano y despiadado. Emma, con el uniforme deportivo de la prisión cubierto de polvo, intentaba mantener la cabeza baja, pero en un lugar como este, la debilidad se olía a kilómetros de distancia. Carla, una reclusa pelirroja de complexión robusta y mirada desafiante, la vigilaba desde la sombra de los talleres.

El primer ataque fue brutal y sin previo aviso. Mientras Emma caminaba hacia las canchas, Carla la placó por la espalda, derribándola contra el áspero suelo. La caída le sacó el aire de los pulmones, pero el instinto de supervivencia de Emma se activó de inmediato. Se giró y luchó con una ferocidad que sorprendió a su agresora, arañando y empujando hasta que los gritos de los guardias y el sonido de las porras contra el metal las obligaron a separarse.

Pensaron que me quebrarían en prisión, pero la humillación de mi enemiga desató mi fuerza

Sin embargo, el verdadero castigo llegó al día siguiente. A Emma la asignaron al penoso turno de mantenimiento, paleando pesadas cargas de grava bajo el calor sofocante de la tarde. Con las manos llagadas y los músculos agotados, apenas vio venir la sombra. Carla se descolgó sigilosamente detrás de ella y, con un empujón despiadado, la estampó de bruces contra el montón de piedras afiladas.

El impacto directo contra las rocas le abrió el labio y le llenó la boca de tierra y sangre. Mientras Emma yacía dolorida, Carla se alzó sobre ella, soltando una risotada ronca que atrajo la atención de otras internas hambrientas de drama. Inclinándose con desprecio, Carla siseó con veneno:

«He oído que fuera eras alguien importante. Aquí pareces una conejita asustada.»

Pero cuando Carla se dio la vuelta para marcharse, Emma levantó lentamente la cabeza. Sus ojos, fijos en la espalda de su enemiga, ardían con una determinación fría y peligrosa. No iba a llorar. No iba a suplicar. La guerra acababa de empezar.

No iba a suplicar. La guerra acababa de empezar.