La niña que me pidió fingir ser su padre ocultaba un oscuro secreto
El encuentro en la cafetería de carretera
La tormenta azotaba con furia la carretera nacional, convirtiendo el atardecer en una penumbra grisácea y hostil. En el interior de la cafetería de paso, el ambiente era radicalmente distinto, aunque no menos tenso. El suelo de baldosas ajedrezadas reflejaba la luz mortecina de los fluorescentes, y el olor a café cargado y gasolina flotaba en el aire. Gabriel, un hombre de aspecto rudo y barba de varios días, se calentaba las manos con una taza de porcelana barata. Llevaba una cazadora militar verde oliva y cargaba con el peso de un pasado del que intentaba huir.
De repente, el tintineo de la campana de la entrada rompió el monótono murmullo del lugar. Una ráfaga de viento frío irrumpió en el local, y con ella, una niña que no pasaba de los diez años. Vestía un cortavientos rojo brillante y llevaba el pelo recogido en dos trenzas deshechas por la lluvia. Sus ojos, desorbitados por el pánico absoluto, recorrieron el establecimiento en busca de una salida que no existía.

Al ver a Gabriel, la pequeña no dudó. Corrió con todas sus fuerzas hacia su reservado de skay rojo y se aferró desesperadamente a las solapas de su chaqueta. Sus manos temblaban de forma violenta mientras miraba al desconocido con una súplica desgarradora.
—Por favor, señor, finja que es mi padre —susurró con un hilo de voz, ahogando un sollozo.
Gabriel se quedó paralizado por un instante. Su instinto protector, forjado en años de servicio militar, se activó de inmediato al ver el terror real en el rostro de la pequeña Alicia. Antes de que pudiera pedir explicaciones, la puerta volvió a abrirse. Un hombre alto y corpulento, vestido con un elegante pero empapado abrigo de lana oscuro, cruzó el umbral con paso firme. Era Gregorio. Su presencia emanaba un peligro frío y calculador.
Con un movimiento rápido y protector, Gabriel tiró de la niña hacia el interior del reservado, ocultándola detrás de su ancho torso para protegerla de la vista del recién llegado.
—Estás bien. Quédate aquí —le susurró con firmeza, bloqueando cualquier ángulo de visión desde la entrada.
”Quédate aquí —le susurró con firmeza, bloqueando cualquier ángulo de visión desde la entrada.