Segundas oportunidades · Historia

Una reclusa defendió a la víctima de la prisión, descubriendo un secreto imperdonable

Una reclusa defendió a la víctima de la prisión, descubriendo un secreto imperdonable — Parte 2
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Anteriormente: Maia no buscaba problemas en prisión, pero cuando vio el abuso injusto hacia Sara, decidió intervenir sin saber que eso desataría una red de mentiras y corrupción.

El precio de la justicia

La victoria en las duchas tuvo un precio inmediato. Esa misma noche, cuando el silencio se apoderó de las galerías de la prisión, la celda de Maia se abrió con un chirrido metálico. Dos guardias corpulentos la sacaron a la fuerza, sin mediar palabra, y la condujeron a través de los fríos pasillos subterráneos hasta una oficina sin ventanas. Allí la esperaba la inspectora Mendoza, la jefa de seguridad del penal, cuya reputación de crueldad superaba con creces a la de cualquier reclusa.

Mendoza no buscaba castigar a Maia por la pelea, sino proteger un negocio mucho más lucrativo. Resultó que Begoña no era una simple acosadora; era el peón que la inspectora utilizaba para controlar el contrabando dentro del módulo y silenciar a cualquiera que descubriera la verdad. Sara, la joven agredida, había conseguido pruebas clave en una pequeña libreta que detallaba los sobornos y las entregas de mercancía ilegal controladas por la propia dirección del centro.

Una reclusa defendió a la víctima de la prisión, descubriendo un secreto imperdonable
—Crees que eres una heroína, Maia —siseó Mendoza, acercándose con una mirada cargada de malicia—. Pero aquí dentro, las heroínas terminan en celdas de aislamiento de las que nunca se vuelve a salir. Tienes veinticuatro horas para decirme dónde esconde Sara esa libreta, o tu estancia aquí se convertirá en un infierno eterno.

De vuelta en su celda, Maia encontró a Sara temblando de miedo. Sabían que no podían confiar en el sistema de apelaciones de la prisión, pues la corrupción llegaba hasta la cima. La única opción viable era arriesgarlo todo en un plan desesperado: debían sacar las pruebas esa misma noche aprovechando el cambio de guardia de la madrugada, entregándoselas a un abogado externo de confianza que esperaba en el perímetro. Maia sabía que se jugaba la vida, pero el silencio ya no era una opción.

Maia sabía que se jugaba la vida, pero el silencio ya no era una opción.