La reclusa que destruyó mi vida intentó humillarme en mi propia prisión
Anteriormente: Sara soportó la peor de las traiciones cuando Begoña arruinó a su familia. Años después, el destino las reúne en prisión, donde la venganza y la justicia se enfrentan cara a cara.
La conspiración en las sombras
Aquella demostración de fuerza en el patio no iba a quedar sin consecuencias. Begoña no era de las que aceptaba la derrota, y menos frente a la mujer a la que le había robado todo en el pasado. Esa misma noche, durante la ronda de vigilancia nocturna en el ala de aislamiento, Sara escuchó unos susurros sospechosos que provenían de la celda de Begoña. Ocultándose en la penumbra del pasillo, descubrió que su rival no estaba sola; hablaba con el sargento Torres, un oficial corrupto conocido por vender favores dentro del penal.
La conversación que Sara escuchó le heló la sangre. Begoña le ofrecía una cuantiosa suma de dinero, oculta en una cuenta extranjera, a cambio de organizar un accidente fatal para Sara durante el turno de madrugada. Torres aceptó el trato sin dudarlo, prometiendo apagar las luces del pasillo de aislamiento la noche siguiente.

Sabiendo que su vida corría peligro y que denunciar la situación sin pruebas sólidas sería inútil, Sara decidió tomar la iniciativa. Preparó su mente y su cuerpo para la noche señalada. Cuando llegó la hora, el pasillo de aislamiento quedó sumido en una oscuridad total. El silencio era sepulcral, interrumpido únicamente por el eco de unos pasos pesados que se acercaban sigilosamente por su espalda.
De repente, una figura oscura se abalanzó sobre ella empuñando un objeto punzante. Sara esquivó el ataque inicial gracias a sus reflejos, pero de inmediato un segundo atacante la sujetó con fuerza por los hombros desde atrás. Era una trampa mortal coordinada por Torres. Sara luchó con desesperación en la penumbra, sintiendo el filo del metal rozar su cuello mientras intentaba zafarse del agarre de sus agresores.
Justo cuando sus fuerzas empezaban a flaquear, la luz cegadora de una linterna de alta potencia inundó el pasillo de golpe, obligando a los atacantes a detenerse.
—¡Alto! ¡Suelten las armas de inmediato! —ordenó una voz firme y autoritaria.
Para sorpresa de todos, la persona que sostenía la linterna no era Torres ni ningún otro cómplice de Begoña. Era la mismísima directora de la prisión, acompañada por un equipo de seguridad interna armada.
”Era la mismísima directora de la prisión, acompañada por un equipo de seguridad interna armada.