Tras defenderse de una guardia cruel, una reclusa descubre la verdad sobre su madre
El último hilo de esperanza
El pasillo del módulo tres olía a desinfectante barato y a desesperación acumulada. Bajo la luz parpadeante y fría de los tubos fluorescentes, Sara sostenía el auricular metálico del teléfono público con una fuerza desmedida, como si de ese trozo de plástico dependiera su propia existencia. Con la otra mano, acariciaba una pequeña fotografía arrugada y pegada con cinta adhesiva al muro de hormigón: el rostro sonriente de su madre, Elena, tomado años atrás en un verano que ahora parecía pertenecer a otra vida.
Sara había pasado meses limpiando los pasillos más oscuros de la prisión de mujeres para conseguir los créditos necesarios para esa llamada de diez minutos. Hoy era el cumpleaños de Elena, un cumpleaños que la anciana pasaba sola en una cama de hospital.

—Mamá, feliz cumpleaños —susurró Sara, con la voz rota por las lágrimas que amenazaban con desbordarse.
Al otro lado de la línea, tras un siseo estático, llegó una respuesta débil pero inconfundible:
—Gracias, cariño... Sabía que llamarías. Te extraño tanto.
Antes de que Sara pudiera responder, una sombra imponente se proyectó sobre ella. Begoña, una de las funcionarias de prisiones más temidas por su físico imponente y su carácter despiadado, se detuvo a su espalda. Con una mueca de desprecio absoluto, Begoña estiró su mano y golpeó con violencia el gancho del teléfono, cortando la llamada al instante.
—Se acabó el tiempo —dijo Begoña, con una sonrisa burlona—. Seguramente tu familia se olvidó de ti hace mucho, delincuente.
La provocación fue demasiado. Sara sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Pero la funcionaria no se conformó con el insulto; lanzó un golpe rápido y directo al rostro de la reclusa. Lo que Begoña no esperaba era la agilidad de Sara. En un reflejo perfecto, Sara bloqueó el puño de la guardia, contragolpeó con dos impactos precisos en el abdomen y, con una patada certera, la derribó sobre el frío cemento. Dos reclusas que observaban desde el fondo del pasillo ahogaron un grito de asombro.
Con la guardia derrotada en el suelo, Sara recogió con calma el auricular que colgaba del cable y habló con una suavidad escalofriante:
—Lo siento, cariño, alguien ha colgado.
”Dos reclusas que observaban desde el fondo del pasillo ahogaron un grito de asombro.Con la guardia derrotada en el suelo, Sara recogió co…