El regreso inesperado del soldado que salvó a su madre de la codicia
El regreso del frente
El sol de la tarde caía sobre la calle principal del tranquilo pueblo de San Juan. Mateo, un joven sargento del ejército español que había sido dado por desaparecido en combate hacía seis meses, caminaba con paso firme pero el corazón acelerado. Llevaba su uniforme impecable y cargaba con varios paquetes envueltos en papel de regalo. Había soñado con este momento durante interminables noches de frío y peligro en el extranjero: el reencuentro con su madre, Carmen, y su esposa, Lorena.
Sin embargo, al acercarse a la casa familiar que él mismo había construido con sus ahorros antes de partir, un presentimiento amargo lo detuvo. La puerta principal estaba entornada y desde el interior se escuchaban gritos desgarradores. No eran gritos de alegría, sino de pura hostilidad. Mateo se deslizó silenciosamente hacia el comedor, donde la escena que presenció le heló la sangre.

Su madre, una anciana de cabello plateado y rostro surcado por los años, estaba sentada en una silla de madera, vistiendo su humilde camisa rosa. Lloraba desconsoladamente mientras aferraba con fuerza un tazón de cerámica contra su pecho. Sobre ella, como una sombra amenazante, se erguía Lorena. Vestida con un elegante vestido granate, la joven gritaba con el rostro desfigurado por la avaricia:
¡Vieja bruja! ¿Crees que dejaré que me robes? ¡Suelta eso ahora mismo!
Carmen, con la voz rota y temblorosa, apenas podía defenderse:
Por favor, ten piedad. Mi hijo construyó esta casa para mí... Es lo único que me queda de él.
Incapaz de contener la furia que se encendía en su pecho, Mateo arrojó los regalos sobre la mesa y dio un paso al frente, haciendo resonar sus botas militares contra el suelo.
¡Suéltala ahora mismo!
Lorena se giró bruscamente, el color desapareciendo de su rostro al encontrarse con la mirada de un hombre que creía muerto. Mateo corrió hacia su madre y, con la fuerza de la indignación, apartó a Lorena con tal ímpetu que esta terminó impactando contra el tabique de yeso del pasillo, abriendo una grieta en la pared. Ignorando el quejido de su esposa, Mateo se arrodilló ante Carmen.
Estoy aquí, mamá. He vuelto.
¡Hijo mío! ¡Estás vivo! —exclamó la anciana, fundiéndose en un abrazo con el soldado.
”—exclamó la anciana, fundiéndose en un abrazo con el soldado.