Ricardo defendió a su madre del desprecio de su prometida sin imaginar la verdad
Anteriormente: Cuando Ricardo vio a su prometida Celia humillar a su anciana madre, Dolores, la expulsó de su vida. Sin embargo, un secreto del pasado estaba a punto de cambiarlo todo.
El secreto del desván
Celia se levantó del suelo con dificultad, frotándose el codo y con una expresión de incredulidad que rápidamente se transformó en pura malicia. Alisó su ropa y miró a Ricardo con un desprecio que él jamás había visto en ella durante sus dos años de noviazgo. La máscara de la mujer perfecta se había caído por completo.
—¿Me estás echando a mí por defender a esta vieja inútil? —siseó Celia, señalando con un dedo acusador a Dolores, quien seguía temblando y sollozando en el suelo—. No tienes la menor idea de lo que estás haciendo, Ricardo.
Ricardo ayudó a su madre a sentarse en una silla, tratando de calmar sus temblores. Se giró hacia Celia, con los puños apretados, dispuesto a llamar a la policía si era necesario para sacarla de allí.

—No vuelvas a llamarla así. Esta es mi casa y mi madre no volverá a sufrir tus desprecios. Coge tus cosas y vete antes de que cometa una locura —advirtió él con voz firme.
Sin embargo, en lugar de asustarse, Celia soltó una carcajada fría y calculadora. Sacó su teléfono móvil del bolso y buscó una fotografía en la galería. Luego, dio un paso hacia adelante, mostrando la pantalla directamente a los ojos de Ricardo.
—¿Estás seguro de que quieres que me vaya, mi amor? —preguntó Celia con sarcasmo—. ¿Por qué no le preguntas a tu "santa" madre qué descubrí la semana pasada en el baúl del desván? Dile, Dolores. Cuéntale la verdad sobre su origen.
Ricardo miró el teléfono. Era la foto de un certificado de nacimiento antiguo, fechado en un hospital de Sevilla hacía treinta y cinco años, pero con un nombre y unos apellidos que no coincidían con los suyos, a pesar de tener su misma fecha de nacimiento. Al lado, había una denuncia policial por la desaparición de un bebé.
El corazón de Ricardo dio un vuelco. Miró a su madre, esperando que se riera de aquella locura, pero Dolores se cubrió el rostro con las manos, rompiendo a llorar con una angustia desgarradora.
—Peróname, Ricardo... por favor, hijo, perdóname... —gimió la anciana, confirmando sin querer la peor de las sospechas.
”—gimió la anciana, confirmando sin querer la peor de las sospechas.