Traición · Historia

Un grupo de rudos moteros arriesga su vida para salvar a una joven perseguida

Un grupo de rudos moteros arriesga su vida para salvar a una joven perseguida — Parte 2
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Anteriormente: Huyendo de un pasado oscuro y un hombre peligroso, Lucía se refugia en un bar de carretera bajo la tormenta. Allí, un grupo de rudos moteros se convertirá en su única esperanza de salvación.

Frente a frente con el pasado

Mateo entró en el local con paso firme, sacudiéndose el agua de su abrigo de diseño. Su rostro, habitualmente pulcro y arrogante, mostraba signos de desesperación. Al ver a Jairo y a su grupo de moteros bloqueando el paso, se detuvo en seco, esbozando una sonrisa fría que no lograba ocultar su rabia contenida.

—Buenas noches, señores —dijo Mateo, intentando mantener la compostura—. Vengo a por mi prometida. Está justo detrás de ustedes. Entréguenmela y nos iremos sin causar problemas.

Un grupo de rudos moteros arriesga su vida para salvar a una joven perseguida

Jairo permaneció inmóvil, como una estatua de piedra. Sus brazos cruzados sobre su chaleco de cuero denotaban una determinación inquebrantable.

—Aquí no hay ninguna prometida para ti, amigo. Solo una mujer que busca refugio de la tormenta —respondió Jairo con una voz profunda y amenazante.

Mateo dio un paso adelante, pero Hugo se interpuso de inmediato, obligándolo a retroceder. La tensión subió de tono cuando Mateo, perdiendo la paciencia, sacó su teléfono móvil.

—Esa chica ha robado información confidencial de mi empresa. Si no me la entregan ahora mismo, llamaré a la policía y haré que clausuren este antro antes del amanecer —amenazó Mateo, con los ojos inyectados en sangre.

Era mentira, y Lucía lo sabía muy bien. El pendrive que guardaba en su bolsillo contenía las pruebas de las estafas financieras con las que Mateo había arruinado a decenas de familias, incluida la suya. Desesperada, Lucía tiró suavemente de la chaqueta de Jairo, suplicándole con la mirada que no la abandonara.

Jairo la miró de reojo, asintió levemente y volvió a fijar su mirada en Mateo.

—Me importa muy poco tu dinero y tus amenazas —dijo Jairo—. Pero sé reconocer a un cobarde cuando lo tengo delante. Y tú no vas a tocarla.

La paciencia de Mateo se agotó. Hizo una seña rápida a los dos hombres que lo acompañaban. Uno de ellos metió la mano bajo su chaqueta, revelando la culata de un arma. En ese instante de pánico generalizado, el camarero del local, un anciano astuto que había visto de todo, apagó los interruptores principales, sumiendo el bar en una oscuridad absoluta.

En ese instante de pánico generalizado, el camarero del local, un anciano astuto que había visto de todo, apagó los interruptores princip…