Secretos de familia · Ficción breve

Salvé a una anciana en prisión y descubrí el oscuro secreto de mi propia condena

Salvé a una anciana en prisión y descubrí el oscuro secreto de mi propia condena — Parte 1
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Una chispa en el infierno de cemento

El aire en las cocinas de la prisión de Cruz del Sur siempre estaba cargado de grasa, vapor y un resentimiento silencioso. Para Raquel, cada día tras aquellos muros era una prueba de resistencia. Sin embargo, nada la había preparado para el horror de aquella tarde. Entre el ruido metálico de las ollas y los gritos de las reclusas, un forcejeo violento llamó su atención cerca del área de fregaderos industriales.

Begoña, una reclusa corpulenta con el rostro marcado por antiguas batallas callejeras, mantenía inmovilizada a Clara. La anciana, cuya fragilidad física era evidente para cualquiera, luchaba inútilmente por su vida. Begoña, con una sonrisa sádica, hundía la cabeza de Clara una y otra vez en el pilón de agua jabonosa y gris. Las demás presas se alejaban, temerosas de convertirse en el próximo objetivo de la temida líder del pabellón.

Salvé a una anciana en prisión y descubrí el oscuro secreto de mi propia condena
—¡Suéltala, maldita sea! —bramó Raquel, rompiendo la parálisis general.

Con una agilidad nacida de la desesperación, Raquel se abalanzó sobre la agresora. Agarró a Begoña por los hombros, apartándola con una fuerza descomunal. Begoña, sorprendida por la intervención, se giró rugiendo de rabia y lanzó un puñetazo directo al rostro de Raquel. La pelea fue rápida y brutal. El suelo resbaladizo complicaba cada movimiento, pero Raquel, impulsada por un instinto protector inquebrantable, logró esquivar los golpes desordenados de su oponente.

Con un movimiento preciso, Raquel barrió las piernas de Begoña, haciéndola caer pesadamente sobre el frío suelo de hormigón. En un instante, Raquel se colocó sobre ella, inmovilizándole los brazos. Su rostro estaba a escasos centímetros del de la agresora, sus ojos inyectados en sangre y llenos de una fría determinación.

—Vuelve a tocarla y estás muerta —le susurró Raquel, con una voz tan baja y amenazante que heló la sangre de todos los presentes.

Clara, temblando en el suelo y empapada en agua jabonosa, miraba a su salvadora con una mezcla de asombro y un profundo agradecimiento que iba más allá de las palabras.

Su rostro estaba a escasos centímetros del de la agresora, sus ojos inyectados en sangre y llenos de una fría determinación.—Vuelve a toc…