Salvé a una reclusa indefensa en prisión sin saber que ella cambiaría mi destino
Anteriormente: Cuando Elena defendió a Lidia de las garras de la temible Sara en el patio de la prisión, no imaginaba que ese acto de valentía desenterraría un secreto del pasado.
Una conspiración al descubierto
La adrenalina del enfrentamiento aún corría por las venas de Elena cuando dos guardias de seguridad se presentaron en su celda. No hubo explicaciones, solo un áspero requerimiento para que los acompañara. Elena asumió lo peor: el calabozo de castigo, la pérdida de sus pocos privilegios o el aislamiento solitario. Sin embargo, el destino la guio hacia la oficina de la directora Mendoza, la autoridad máxima del centro penitenciario.
Al cruzar el umbral, la escena que encontró la dejó desconcertada. Lidia estaba sentada en una silla, visiblemente nerviosa pero ilesa. A su lado, un hombre de mediana edad, vestido con un traje de sastre impecable que desentonaba por completo con la sordidez del penal, la miraba con profunda preocupación. La directora Mendoza, con una expresión inusualmente sombría, le indicó a Elena que se sentara.

El hombre del traje se presentó como Alejandro. No era un abogado, sino un influyente empresario y el hermano mayor de Lidia. Con voz temblorosa pero cargada de gratitud, le reveló a Elena la red de mentiras que rodeaba el encarcelamiento de su hermana. Lidia no era una delincuente; había sido incriminada en un sofisticado desfalco financiero por su exmarido, un hombre poderoso y despiadado decidido a destruirla para quedarse con su fortuna y la custodia total de sus hijos.
"El ataque de hoy no fue casual, Elena", explicó Alejandro, con los puños apretados. "Esa mujer, Sara, recibió un pago sustancial desde el exterior para provocar un accidente fatal dentro de la prisión. Querían silenciarla para siempre antes de que el caso fuera revisado por el tribunal supremo".
Elena sintió que un frío glacial le recorría la espalda. Al defender a Lidia, se había entrometido sin saberlo en un intento de asesinato por encargo. El peligro ahora se cernía sobre ella.
La directora Mendoza intervino, explicando que el exmarido de Lidia tenía contactos corruptos incluso dentro del personal de la prisión. Decidieron que, por seguridad, Elena pasaría las próximas horas en una celda de aislamiento preventivo hasta que se autorizara su traslado a un centro de máxima seguridad a la mañana siguiente. Pero el peligro no esperó al amanecer. En mitad de la noche, el sonido metálico de un cerrojo abriéndose despertó a Elena. Una sombra alta y sigilosa se deslizó al interior de la celda, sosteniendo un objeto punzante.
”Una sombra alta y sigilosa se deslizó al interior de la celda, sosteniendo un objeto punzante.