El secreto del viejo chaleco que una niña desesperada entregó a un rudo motero
Anteriormente: Cuando una niña de diez años llegó al taller de Martín ofreciendo un gastado chaleco de cuero para salvar a su padre, el rudo motero no imaginaba que su pasado estaba a punto de alcanzarlo.
Una carrera contra el tiempo
La revelación golpeó a Martín como un impacto directo en el pecho. Diego, su hermano menor, con quien había cortado toda relación diez años atrás tras una agria disputa familiar, estaba vivo y en grave peligro. Miró a la niña, cuyo nombre era Lucía, y supo que no había tiempo que perder. Tras darle un vaso de agua y calmar su llanto, la pequeña le guio hacia unas minas abandonadas en las colinas del norte, un lugar desolado donde su padre se escondía.
Martín convocó a sus hombres más fieles. El rugido de las motocicletas rompió la calma del desierto mientras avanzaban a toda velocidad por los caminos de tierra. Al llegar a una choza de madera podrida cerca de las viejas vías del tren, Martín entró derribando la puerta. Allí, sobre un colchón húmedo, yacía Diego. Estaba extremadamente pálido, temblando de fiebre y con una preocupante mancha de sangre en el costado.

—¡Diego! ¡Despierta, hermano! —gritó Martín, arrodillándose a su lado y aplicando primeros auxilios básicos en la herida infectada.
Diego abrió los ojos con dificultad, reconociendo la figura de su hermano mayor a través del delirio de la fiebre.
—Martín... viniste... —susurró con debilidad—. Lo siento tanto... Tenía que proteger a Lucía...
Antes de que pudieran levantarlo para trasladarlo a un hospital, el estruendo de potentes motores todoterreno rodeó la choza. Varios hombres armados descendieron de los vehículos. Al frente de ellos estaba Arturo, un peligroso prestamista local conocido por su crueldad. Arturo gritó con prepotencia desde el exterior, exigiendo la devolución de un maletín con documentos que Diego había robado para denunciar sus actividades ilícitas.
Martín miró a su hermano moribundo y a su asustada sobrina. Estaban atrapados, superados en número y con la vida de Diego pendiendo de un hilo. El pasado y el presente colisionaban en un clímax mortal dentro de aquella cabaña de hojalata.
”El pasado y el presente colisionaban en un clímax mortal dentro de aquella cabaña de hojalata.