Sobreviví a una emboscada en prisión y descubrí la verdad sobre mi hermana
El patio de los golpes
El sol de justicia caía plomizo sobre el patio de la prisión de Cruz del Sur, calentando el cemento hasta hacerlo casi insoportable. Para Sara, sin embargo, el calor era un aliado, una distracción física para el tormento que llevaba dentro desde el día en que su propia hermana, Lucía, la traicionó para quedarse con su negocio y su prometido. Sara se colgó de la barra de metal oxidado, sintiendo el dolor en sus manos callosas. Cada dominada era una declaración de intenciones: no se iba a quebrar en este infierno.
De repente, una sombra pesada interrumpió su concentración. Berta, la reclusa que controlaba el pabellón con mano de hierro, dejó caer un balón medicinal con un estruendo que hizo eco en el patio. Con su característico moño rubio desordenado y una sonrisa cargada de malicia, se plantó frente a Sara.

—¡A ver cuántos golpes aguanta esa cara bonita! —desafió Berta, buscando provocar una reacción.
El murmullo del patio cesó de inmediato, abriendo paso a un círculo de presas sedientas de espectáculo. Una de las aliadas de Berta comenzó a jalear al grupo con entusiasmo salvaje:
—¡Dale una paliza! ¡Vamos, Jefa! —gritó, encendiendo la mecha del conflicto.
Berta lanzó un puñetazo directo y violento hacia el rostro de Sara. Pero Sara no era una víctima indefensa; con reflejos felinos, esquivó el golpe agachándose en el último milisegundo. En un parpadeo, ambas se enzarzaron en un forcejeo brutal. La fuerza de Berta era innegable, pero la agilidad y el entrenamiento de Sara marcaron la diferencia. Con un movimiento rápido de cadera, Sara desvió el peso de su oponente y la empujó con firmeza contra un banco de madera, haciéndola morder el polvo del suelo.
Jadeando, con la adrenalina corriendo por sus venas, Sara se limitó a mirarla con frialdad. Sin pronunciar una sola palabra, regresó a la barra para continuar su rutina, dejando claro que nadie la doblegaría.
”Sin pronunciar una sola palabra, regresó a la barra para continuar su rutina, dejando claro que nadie la doblegaría.