Un soldado regresa de su misión y descubre el doloroso secreto de su esposa
El amargo regreso del frente
El sargento Roberto Alarcón siempre había creído que el peligro acechaba en las dunas del desierto, a miles de kilómetros de su hogar en Pozuelo de Alarcón. Jamás imaginó que la verdadera emboscada lo esperararía tras la puerta de su propia casa. Después de seis largos meses de misión humanitaria en el extranjero, el joven militar de veintiocho años había conseguido un permiso especial de una semana. No avisó a su esposa, Mónica, deseando con toda su alma ver la sorpresa y la alegría iluminar su rostro al verlo aparecer sin previo aviso.
Cargando su pesado petate verde oliva y vistiendo el uniforme de campaña que aún olía a viaje y a esfuerzo, Roberto subió los escalones del porche. Con una sonrisa dibujada en los labios, introdujo la llave en la cerradura. El mecanismo giró con suavidad. Al empujar la puerta, un silencio denso y casi sepulcral lo recibió en el vestíbulo. El olor a lavanda que siempre caracterizaba su hogar seguía allí, pero había algo extraño en la atmósfera, una tensión invisible que le erizó la piel.

Avanzó sigilosamente por el pasillo hacia el salón comedor, donde la luz de la tarde entraba a través de los amplios ventanales. Al asomarse, la escena que presenció hizo que su corazón se detuviera. Mónica, luciendo un jersey de punto de color blanco, estaba sentada en el sofá de manera extremadamente íntima junto a Justo, el mejor amigo de la infancia de Roberto. Sus manos estaban entrelazadas y sus rostros se encontraban a escasos centímetros de distancia.
Al escuchar el crujir del suelo de madera, Mónica se giró bruscamente. Sus ojos se abrieron desmesuradamente por el impacto y su rostro perdió todo rastro de color. Se puso de pie de inmediato, soltando la mano de Justo como si quemara.
—Puedo explicarlo, Roberto... te lo juro, no es lo que parece —balbuceó ella, con la voz temblando por el pánico.
Roberto sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Las lágrimas, calientes y amargas, comenzaron a brotar de sus ojos mientras contemplaba a las dos personas en las que más había confiado en el mundo. El petate militar resbaló de su hombro y cayó al suelo con un golpe sordo, rompiendo el tenso silencio de la estancia.
”El petate militar resbaló de su hombro y cayó al suelo con un golpe sordo, rompiendo el tenso silencio de la estancia.