Un soldado vuelve a casa y descubre el cruel secreto que destruía a su familia
El amargo regreso del frente
El sol de la tarde caía con fuerza sobre la elegante urbanización a las afueras de Madrid. Paul, un sargento primero del ejército de tierra, caminaba a paso firme con su petate al hombro. Tras meses de despliegue en una misión de paz en el extranjero, la única idea que lo mantenía en pie era abrazar de nuevo a su abuela, Marta. Ella lo había criado con un amor infinito tras la muerte de sus padres, y ahora, postrada en una silla de ruedas por una enfermedad degenerativa, dependía por completo de los cuidados que Paul financiaba con tanto esfuerzo desde la distancia.
Para asegurar el bienestar de Marta, Paul había contratado a Aitana, una atractiva mujer pelirroja que parecía la viva imagen de la dulzura y la eficiencia. Sin embargo, al acercarse a la gran finca familiar, una extraña sensación de desasosiego se apoderó del soldado. El silencio de la calle fue interrumpido súbitamente por unos gritos desgarradores que provenían del jardín delantero. Al asomarse por el portón entreabierto, el mundo de Paul se detuvo por completo.

Aitana, vistiendo un elegante traje gris oscuro, estaba de pie junto a Marta. Su rostro, antes angelical, estaba desfigurado por una mueca de pura crueldad. Sin mediar palabra, la pelirroja agarró brutalmente del cabello a la anciana, sacudiéndola con desprecio. Marta, indefensa y aterrorizada en su silla de ruedas, sollozaba de dolor. Ante la mirada atónita de Paul, Aitana propinó un violento empujón a la silla, haciéndola volcar por completo sobre el frío pavimento de piedra de la entrada.
¡Ah, para, por favor! ¡Me duele mucho!
La anciana suplicaba en el suelo, con lágrimas corriendo por sus mejillas arrugadas mientras intentaba protegerse. La ira acumulada de un hombre que ha visto los peores horrores del mundo explotó en el pecho de Paul. Soltando su petate militar, corrió con una velocidad cegadora hacia la agresora.
¡Monstruo! ¡Aléjate de ella ahora mismo!
Paul rugió con una voz que hizo eco en toda la calle residencial. Aitana apenas tuvo tiempo de girarse antes de que el imponente soldado, vistiendo su uniforme de camuflaje, la tacleara con fuerza, derribándola sobre el césped. La mujer chilló con desesperación, intentando inútilmente zafarse del agarre de aquel gigante enfurecido.
”La mujer chilló con desesperación, intentando inútilmente zafarse del agarre de aquel gigante enfurecido.