La ambición de mi prometida casi acaba con la vida de mi abuela
Anteriormente: Arturo pensaba que Diana era la mujer de su vida, pero un violento ataque en el vestíbulo de la mansión familiar desveló una red de mentiras y codicia imperdonable.
La conspiración de la sangre
La mansión, que siempre había sido un refugio de calidez, ahora se sentía como una prisión. Arturo ayudó a su abuela a recostarse en el sofá del salón, mientras los paramédicos le vendaban las pequeñas heridas de los brazos. Elena no hablaba; solo lo miraba con una mezcla de pena y alivio, como si hubiera cargado un secreto demasiado pesado durante demasiado tiempo. Cuando los médicos se marcharon, Arturo se sentó a su lado, tomó su mano arrugada y le pidió que le contara toda la verdad.
—Roberto siempre quiso la mansión, Arturo —dijo Elena, con la voz quebrada—. Cuando lo desheredé, juró que me haría pagar. Y cuando apareció Diana en tu vida, tan perfecta, tan encantadora, supe que algo no encajaba. Intenté advertirte, pero estabas ciego de amor.

Arturo cerró los ojos, recordando las veces que su abuela había insinuado dudas sobre Diana, y él las había ignorado con una sonrisa. Se levantó y caminó hacia el vestíbulo, donde el cofre seguía abierto en el suelo. Lo recogió con manos temblorosas y lo llevó al salón, colocándolo sobre la mesa de caoba. Dentro, encontró un acta de adopción confidencial, un testamento modificado y un fajo de cartas escritas por Roberto. Las leyó una a una, y cada palabra era como un cuchillo en el pecho.
—«Tienes que ganarte la confianza del viejo y de Arturo. Si se casan antes de que descubran la modificación del testamento, la mansión y las tierras de Madrid serán nuestras. No falles» —leyó en voz alta, y su voz se quebró al final. Diana no lo amaba; era una actriz contratada, una estafadora con un historial delictivo que Roberto había reclutado en el extranjero.
Su único objetivo era casarse con él, obtener el control de los bienes y luego deshacerse de su abuela. El ataque de aquella tarde había ocurrido porque Elena, al descubrir los planes, había intentado esconder los documentos en el cofre, y Diana la había sorprendido.
De repente, el teléfono de Diana, olvidado en la mesa de la entrada, vibró con insistencia. Arturo se acercó, lo tomó y leyó el mensaje en la pantalla: «¿Está hecho? El coche está listo en la puerta trasera».
El nombre del remitente no estaba guardado, pero Arturo reconoció el número: era el de su tío Roberto. Una rabia fría, distinta a la furia de antes, se apoderó de él. No era un arrebato ciego, sino una determinación calculada. Devolvió el teléfono a su lugar, respiró hondo y se volvió hacia su abuela.
—Abuela, voy a terminar esto —dijo, con la voz firme—. Pero necesito que confíes en mí una vez más.
Elena asintió, secándose las lágrimas con un pañuelo. Arturo marcó el número de la comisaría y pidió que enviaran refuerzos discretamente a la parte trasera de la propiedad. Luego, tomó el teléfono de Diana y, fingiendo su voz, respondió al mensaje: «Sí, ya tengo los documentos. Espérame en el jardín trasero».
El corazón le latía con fuerza, pero su mano no tembló al enviar el texto. Sabía que Roberto, cegado por la codicia, caería en la trampa. Solo le quedaba esperar en la oscuridad de la cocina, con la luz apagada, mientras el silencio de la noche se cerraba a su alrededor como una promesa de justicia.
”Solo le quedaba esperar en la oscuridad de la cocina, con la luz apagada, mientras el silencio de la noche se cerraba a su alrededor como…