La traición de mi hermana me llevó a prisión, pero allí encontré mi redención
El asfalto ardiente de la traición
El sol de justicia de Alcalá Meco caía plomizo sobre el patio de piedra, haciendo que el aire vibrara con un calor casi insoportable. Para Stella, cada bocanada de ese aire seco era un recordatorio de la libertad que le habían arrebatado. Hacía apenas unos meses, era una brillante empresaria tecnológica, pero la codicia de su propia hermana, Elena, la había arrastrado a ese infierno, acusándola falsamente de un fraude millonario que jamás cometió.
En el patio, el ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica. Beatriz, la reclusa que dominaba las reglas no escritas del penal, descargaba su furia contra un gastado saco de boxeo. Su imponente figura y su larga coleta oscura se movían al ritmo de golpes secos que resonaban como disparos. Al ver pasar a Stella, Beatriz detuvo su entrenamiento, se limpió el sudor de la frente y la miró con un desprecio absoluto.

¿Has venido para ser mi saco de boxeo?
Las reclusas que la rodeaban guardaron un silencio sepulcral, esperando ver a la nueva quebrarse bajo la presión. Pero Stella ya no tenía nada que perder. La traición de su familia la había despojado del miedo. Recogió sus guantes del suelo polvoriento, clavó su mirada en los ojos de Beatriz y respondió con una calma glacial:
A ver cómo esquivas los míos.
Beatriz rugió, lanzando un derechazo brutal que buscaba terminar la disputa de un solo golpe. Stella, con reflejos felinos, esquivó el puñetazo agachando el cuerpo, avanzó con rapidez y la atrapó en un clinch cerrado. Con una precisión quirúrgica, Stella asestó un rodillazo demoledor en el estómago de Beatriz, seguido de una combinación rápida de golpes directos que enviaron a la gigante directamente a morder el polvo. Sin mirar atrás, Stella se alejó con paso firme, dejando claro que no sería la víctima de nadie.
”Sin mirar atrás, Stella se alejó con paso firme, dejando claro que no sería la víctima de nadie.