Un hombre arrogante humilló a un joven huérfano sin saber quién era su padre
El secreto del campo de tiro
El sol de la tarde caía con fuerza sobre el campo de tiro de San Sebastián, tiñendo de tonos dorados las gradas de madera donde se congregaba el público. Entre el bullicio de los espectadores y el eco de las detonaciones, Leo, un joven de dieciséis años, caminaba con la cabeza baja. Vestía una desgastada sudadera azul marino y cargaba con esfuerzo un cubo de acero lleno de casquillos de latón que acababa de recoger del suelo. Para todos allí, Leo era invisible, un simple huérfano que realizaba el trabajo sucio.
De repente, una figura imponente le cerró el paso. Era Chad, un hombre de unos cuarenta años, de complexión atlética, que lucía con orgullo la chaqueta roja y negra de la prestigiosa academia local. Con una sonrisa cargada de desprecio, Chad miró al joven y alzó la voz para asegurarse de que todos en las gradas lo escucharan.

—Eh, chaval, aléjate de las armas. Recoger casquillos es probablemente lo único que sabes hacer.
Antes de que Leo pudiera apartarse, Chad propinó una patada al cubo de acero. El estruendo metálico resonó en todo el recinto mientras las decenas de casquillos salían volando, esparciéndose por la tierra seca. Leo no respondió; tragó saliva, se arrodilló lentamente y comenzó a recogerlos uno a uno bajo la mirada burlona de los presentes. Sin embargo, cuando terminó, el joven caminó con paso firme hacia una de las mesas de tiro y levantó un rifle de precisión con mira telescópica.
—¿De verdad crees que puedes acertar a ese blanco? —se mofó Chad a sus espaldas.
Leo ignoró la provocación. Ajustó la culata a su hombro, contuvo la respiración y apretó el gatillo. El disparo fue certero, impactando directamente en el centro del objetivo. En ese instante, en la tribuna de honor, el General de División, un hombre de porte severo con uniforme verde oliva y el pecho cubierto de medallas, se puso en pie de un salto, pálido de la impresión tras fijar la vista en el cuello de Leo, donde brillaba una vieja placa militar.
—Ese colgante… ¿de dónde lo has sacado? —preguntó el General con voz temblorosa.
—Mi padre me dijo que se lo enseñara a alguien —respondió Leo en un susurro.
”—preguntó el General con voz temblorosa.—Mi padre me dijo que se lo enseñara a alguien —respondió Leo en un susurro.