Segundas oportunidades · Historia

Una reclusa arriesga su libertad para proteger a una anciana indefensa en prisión

Una reclusa arriesga su libertad para proteger a una anciana indefensa en prisión — Parte 1
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El patio de las sombras

El sol del mediodía caía sin piedad sobre el patio de cemento de la prisión de Soto del Real, reflejando un brillo cegador en las alambradas de espino. Para Sara, aquellos treinta minutos diarios de patio eran el único momento donde podía respirar un aire que no supiera a encierro y lejía. Solía pasarlos caminando junto a Marta, una anciana menuda de cabello canoso y ojos cansados que se había convertido en su único pilar de cordura en aquel infierno de hormigón.

Marta caminaba despacio, arrastrando ligeramente sus zapatillas gastadas, mientras le hablaba a Sara de los geranios que solía cuidar en su balcón antes de que todo se desmoronara. Sara la escuchaba con una sonrisa suave, la primera de todo el día, hasta que un zumbido violento cortó el aire. Un balón de baloncesto, lanzado con una fuerza descomunal, golpeó de lleno la espalda de la anciana.

Una reclusa arriesga su libertad para proteger a una anciana indefensa en prisión

El impacto seco resonó en todo el patio. Marta cayó de rodillas sobre el áspero cemento, soltando un gemido ahogado de dolor. De inmediato, una risa ronca y desagradable rompió el silencio del lugar. Era Dolores, una reclusa corpulenta y temida que controlaba el tráfico de favores dentro del penal. Caminaba con paso chulesco, escoltada por sus habituales seguidoras.

—Si eres tan dura, ¡devuélvela! —tañó Dolores con desprecio, señalando el balón que rodaba por el suelo.

Sara sintió que una oleada de calor le subía por el cuello. Se arrodilló rápidamente para ayudar a Marta a incorporarse, comprobando con rabia cómo las palmas de las manos de la anciana sangraban por el roce del suelo. Con un cuidado infinito, la ayudó a ponerse en pie y luego se giró lentamente hacia Dolores. Su mirada, antes tranquila, se había convertido en puro hielo.

—Pídele perdón. Ahora —demandó Sara, con una voz baja pero tan firme que paralizó a las reclusas que observaban la escena.

La provocación estaba servida. Una de las secuaces de Dolores, ansiosa por ganar puntos con su líder, se lanzó hacia adelante con un grito de guerra.

—¡Al suelo! —chilló, lanzando un puñetazo directo al rostro de Sara.

Pero Sara poseía unos reflejos forjados en años de entrenamiento antes de su caída en desgracia. Esquivó el golpe con un movimiento fluido de cadera, haciendo que la atacante perdiera el equilibrio, y le propinó un golpe seco en las costillas que la dejó sin aire. Sin detenerse, Sara se abalancó sobre Dolores, cerrando la distancia en un parpadeo. La sujetó por los hombros en un agarre de lucha y, con una precisión letal, le asestó un rodillazo en el abdomen que hizo doblar a la gigante. Dolores cayó de rodillas, jadeando sobre el cemento, mientras Sara se erguía sobre ella, vigilante.

Dolores cayó de rodillas, jadeando sobre el cemento, mientras Sara se erguía sobre ella, vigilante.