Una reclusa indefensa es atacada en prisión hasta que una inesperada aliada interviene
Anteriormente: Elena pensó que su vida en prisión terminaría en el suelo de la lavandería tras el ataque de Gerarda. Sin embargo, la intervención de Alejandra no solo la salvó, sino que desenterró un oscuro secreto.
La alianza entre Elena y Alejandra no tardó en despertar las sospechas de las autoridades del penal. En la oscuridad de las celdas, Alejandra le reveló a Elena la verdadera razón de su intervención: necesitaba su ayuda para exponer una red de corrupción interna liderada por el subdirector de San Miguel, Don Roberto, quien utilizaba a Gerarda para amedrentar a quienes descubrían sus negocios ilícitos.
Elena, gracias a su asignación en la oficina de administración debido a su experiencia como contadora, tenía acceso exclusivo a los servidores centrales del penal. Allí se escondían los registros de transferencias fraudulentas que incriminaban directamente a la cúpula directiva. El plan era sumamente arriesgado: debían sustraer los datos financieros digitales para utilizarlos como garantía y negociar su libertad condicional.

Una traición en las sombras
Durante semanas, ambas mujeres operaron bajo una vigilancia extrema. Gerarda las observaba con sed de venganza en cada recreo, esperando la oportunidad perfecta para devolver el golpe. Sin embargo, la determinación de Alejandra mantenía a raya a las agresoras. El plan se ejecutó durante un motín provocado en el pabellón de máxima seguridad, lo que distrajo a la mayoría de los guardias del centro de control.
Con el corazón desbocado, Elena se deslizó en la oficina administrativa vacía. Sus dedos volaban sobre el teclado mientras la barra de transferencia del archivo encriptado avanzaba lentamente. Las alarmas de la prisión comenzaron a aullar, llenando el aire de una tensión insoportable. Justo cuando la descarga finalizó y Elena desconectó el dispositivo USB, la puerta se abrió de golpe con un chirrido metálico.
Al girarse con pánico, Elena no vio a Don Roberto ni a las temibles guardias. En el umbral de la puerta se encontraba Carmen, la entrañable enfermera de la prisión, la única persona que les había mostrado amabilidad. Carmen sostenía un radiotransmisor en la mano y una fría sonrisa que desvanecía toda su dulzura habitual.
—Lo siento, Elena, pero mi lealtad pertenece a quien paga mis cuentas —dijo Carmen con voz helada.
”Carmen sostenía un radiotransmisor en la mano y una fría sonrisa que desvanecía toda su dulzura habitual.—Lo siento, Elena, pero mi lealt…